Opinión

Catalejo

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El Partido Revolucionario Dominicano (PRD) celebra este domingo su convención, para escoger el candidato presidencial.

Una poderosa fuerza mueve a los precandidatos y a sus más cercanos seguidores: la “libido habendi, pecuniam y dominanci”, es decir, las posesiones, el dinero y la pasión por el poder.

El PRD, que enarboló el antitrujillismo en 1939, retrocede abrazado al gran capital, dando la espalda a las luchas populares por su emancipación, que lo catapultaron al poder por primera vez en 1962.

Poco importa quien gane la convención del PRD; sería Quevedo por Malpica o Malpica por Quevedo. Sea Miguel Vargas o Hipólito Mejía, pondrán sus esfuerzos —de llegar al poder— para seguir defendiendo el status quo.

La misma realidad golpeará a quienes se decidan votar en la convención del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), para escoger al “presidenciable”.

El discurso de todos ellos, no pasa de ser fuego de artificio para embaucar a los más ingenuos, los cuales ignoran que la partidocracia nunca gobernará para el “pueblo de a pié”.

Se guían por el “librito de Balaguer” (de Joaquín Balaguer), santificado por ellos mismos, junto al Partido Reformista Social Cristiano (PRSC), con el pomposo título de “Padre de la Democracia”. 

Los perredeístas están convencidos, aunque no se “sincericen” más allá de sus propias conciencias, que acuden a votar con la incertidumbre de hacerlo por el menos malo, o menos próximo a Leonel Fernández.

A un Leonel Fernández hijo del “frente patriótico” pele-reformista y seguidor del cortesano de la era de Trujillo, en cuya residencia en cierta ocasión amarró Hipólito Mejía una chiva.

En ese mismo lugar, de la Máximo Gómez 25, de gratos recuerdos para Miguel Vargas y sus amigos Diandino Peña y Guaroa Liranzo.

El Nacional

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