Vivimos en el país de los imprescindibles, pese a que los cementerios están llenos de ellos. Al llegar a una posición importante en el Estado, los insustituibles se aferran al puesto como garrapatas.
Los presidentes dominicanos, raras excepciones, no han escapado a esa realidad. No importa que hayan carecido o carezcan de liderazgo o ganado el repudio de la mayoría de la gente que sufre sus ejecutorias.
Eso sí, les sobran los alabarderos. Los mismos que siempre figuran de alguna forma en la nómina pública; muchos de ellos con la condición de tránsfugas.
Con la proclama de seguiré a caballo o el vuelve y vuelve, el imprescindible le garantiza, además, evadir la justicia; su seguridad depende del poder del líder. Y el temor los aprisiona.
El miedo puede paralizar a un sujeto, o a un grupo, o movilizarlo con gran energía. Por eso los inseguros, en este último caso, se mueven como jauría tras la repostulación del presidente Leonel Fernández.
Erich Fromm, quien tenía una formación psicoanalítica, decía que mientras más miedo acumulan las personas, es más fácil que surja en ellas el deseo de que alguien les conduzca.
Sostenía Fromm, que el individuo, o un grupo, para protegerse del miedo reacciona de diversas maneras; la forma más común para dominarlo es seguir a un líder a quien someterse.
Y yo agrego: con quien conservar su libertad, poder, riquezas y capacidad de saqueo.
La mayoría de los que este domingo hacen coro a las proclamas reeleccionistas en el Palacio de los Deportes no está dominada por el miedo, sino por el pánico. Ellos tienen sus motivos.
Pero deben mantener la calma, porque, pese a la corruptela que exhibe este gobierno, no habrá por ahora un último aldabonazo ni un Eduardo Chivás que encienda la pradera.

