El tema de la corrupción ha tomado el escenario electoral como arma política de una cosa llamada oposición, empuñada contra el oficialismo y de la que éste se defiende con argumentos risibles. La obra del dime y direte, de quién es más o menos corrupto, ha tenido resonante éxito; valorada por la crítica entre la comedia y la farsa, aunque para algunos escépticos se trata de una tragedia.
En esta comedia, de lucha contra la corrupción, predominan los más viles bufones bien remunerados, esparcidos por los medios de comunicación para el deleite de su entorno, frívolo y palaciego.
Oficialistas y opositores logran el efecto, quizás indeseado, de hacer reír e indignar al pueblo dominicano, sometido hasta el hartazgo por tanta burla, desvergüenza, saqueo al erario y abuso de poder.
Lo que está en escena en estos momentos parece surgir del surrealismo y la genialidad de Patrick Sullivan y Otto Messmer, productor y animador, respectivamente, de los cortos del gato Félix.
(A propósito de Sullivan y la corrupción, en 1917, éste pasó nueve meses en prisión por ser encontrado culpable de la violación de una niña de 14 años de edad).
En la farsa, el núcleo más importante del segundo acto es cuando el personaje de tiras cómicas se presenta ante el procurador, ambos mandaderos del soberano, para que le haga justicia.
De que la obra es excelente y el segundo acto genial, lo testimonia el público cuando de pié ríe hasta desternillarse, acompañado de un cerrado aplauso y que estará en cartelera hasta el 20 de mayo.
Los corruptos pueden estar tranquilos. La partidocracia les garantiza absoluta impunidad; seguros de que no lo condenarán a la guillotina, a tomar cicuta, ni hacerse el haraquiri, como ocurría en otras latitudes.

