Tras ver Brujas somos todas (Santiago Moncada, España) queda claro que calidad y comedia son compatibles, que tenemos como país talentos de la actuación capaces de todo y que cada entrega en escenario es parte de un proceso de luces y sombras. En este caso, muchísimas más luces que sombras.
La pieza se diferencia considerablemente del torrente de piezas que toman la situación de la mujer (en el marco de un marketing que se siente ya sobre-usado) por la inteligencia con que está escrita y el valor añadido de las actuaciones. Lo de los trajes y el supuesto «streptease», son elementos puramente extra-teatrales que no nos merecen, teatralmente hablando, ninguna consideración. Los cinco modelos de trajes son impecables, pero se escapan de nuestro enfoque.
Lo actoral
Brujas ofrece a la gente un recital casi totalmente equilibrado de actuaciones, sobre todo de quien lleva el peso emocional histriónico, la Elvira Taveras, quien impone el sello de intensidad al enfrentar la dualidad de su personaje, de la mujer/ama de casa/mujer casada y acogida a la subordinación de obediencia hasta el climax en que revela sus demonios interiores. La bien sentada de la Lidia Ariza, fuerte, tomando el carácter de una fr[ia escritora contraparte magníficamente asumida. Hay tablas que forman un quehacer. En Lidia Ariza se da todo y más que eso. La Yamilé Scheker, como tuerca emocional que asume un sorpresivo protagonismo, tomado de los cuernos con la fuerza expresiva que es imposible pensar en los cánones de la personificación superficialmente tocada.
Gianni Paulino, sin el bagaje histriónico por la ausencia de carrera, logra sacar lo mejor de si y salvo algunas s que se fueron sin ser pronunciadas y algunos giros en la entonación que pudieron haber quedado mejor en otros tonos y variantes.
La Paulino tiene como handicap no ser profesional de la actuación, reto que asume con valentía y gracias a la fuerza de la gracia o del drama de sus líneas, impacta al público, provocando las segundas más intensas oleadas de carcajadas. Gianni tiene condiciones, pero es un talento en desarrollo. Debe prestar atención especial al manejo de la voz, y procurar el tono viceral/estomacal -ese que sale del centro del abdomen-Tiene que persistir en el estudio a fondo del arte intrincado de la interpretación, dadas sus potencialidades. Mención aparte merece Mildred Quiroz, quien hace la abogada mal casada (y al parecer la más inocente de todas) carga con un personaje fácil de representar dado que es, en gran medida, la tónica de millares de matrimonios, pero logra aportarle una vida, un ritmo, echando mano de un talento que se hace su espacio, que la diferencia en medio de tantas personalidades escénicas atractivas. Germana Quintana tuvo en esta oportunidad de tener lo que se puede considerar como un elenco casi todas estrellas , un excelente texto dramático, acogido con éxito internacionalmente.

