The Maze Runner
The Maze Runner comienza bien despertando el interés y desatando la intriga. Sin embargo, pasados los primeros 30 o 40 minutos todo aquello se diluye y el film se torna entonces convencional, reiterativo e inconsistente. En otras palabras, la historia tiene potencial y de hecho uno se queda todo el tiempo esperando el giro que sorprenda o el detalle que sacuda al espectador.
Al final, todo se queda en promesas. El relato sucumbe en el lugar común y la historia arriba a ninguna parte. O mejor dicho, dentro de los términos del cine-franquicia, la película concluye tratando de obligarnos a comulgar con su dinámica: ¿por qué no nos replanteamos todo esto una vez? El actor Dylan O’Brien, famoso por la serie de televisión de MTV ‘Teen Wolf’, es Thomas, un adolescente que despierta subiendo un elevador cuya única parada es un lugar extraño y remoto poblado solo por jóvenes varones igual que él. Nadie sabe por qué están allí ni qué destino les aguarda. Ellos solo saben que de algún modo fueron secuestrados y arrojados en aquel lugar con el único propósito de tratar de sobrevivir. Así que deben adaptarse a vivir como en los tiempos prehistóricos: cosechando sus propios alimentos y durmiendo a la intemperie. Tras su arribo al clan, Thomas es puesto al corriente de la principal regla del grupo: las altas paredes de concreto que conforman y rodean al trozo de selva en el que habitan no deben ser exploradas. Cada mañana las paredes se abren y sólo los más veloces jóvenes, ‘The Runners’, les es permito recorrer su interior en búsqueda de una vía de escape hacia el mundo exterior. Ellos deben regresar antes de caer la noche, de lo contrario corren el riesgo de ser devorados por los monstruos que se escoden tras las laberínticas paredes.
Basada en el primer libro de la ‘best selling’ saga The Maze Runner escrita por James Dashner, este primer capítulo aunque atrae e impresiona inicialmente con su inescrutable mole de concreto, al final se revela como una mezcla ligera de ‘Lord Of The Flies’ y “The Hunger Games’. Por fortuna, el sólido y sorprendente desempeño del grupo de jóvenes actores, en especial de O’Brien y Will Poulter consiguen rescatar el film de la total decepción y al debutante director Wes Ball de un traspié histórico.
