Opinión

Clientelismo es corrupción

Clientelismo es corrupción

El ejemplo compartido sobre la situación del Cabildo de Santiago, donde la militancia política multiplicada por dos, se debate por un puesto y a brazo partido, debe de ampliarse en la reflexión de la práctica “clientelar” de los partidos políticos, si queremos hacer bien las cosas.

Analistas de la política dicen que los sistemas clientelares en la práctica democrática, aparecen donde la necesidad de integrar rápidamente un elevado número de participantes a un sistema político sin tradición organizativa lleva al desarrollo de sistemas de mediación informal entre la acción estatal y las necesidades de las comunidades. (Caso de nuestro país, donde un partido político de tercera línea como era el PLD, pasó a ser el primero a partir acuerdos, concesiones y prácticas clientelares que hoy pesan demasiado).

Nadie duda que somos un Estado clientelista, solo hay que remitirse a las pruebas que constituyen los puestos ocupados en el poder dominicano en los últimos 30 años: mismas personas y sus familiares y/o relacionados que suben y bajan, ampliando a su vez, una plataforma de clientes en las bases, que no militan por ideas ni mucho menos, pero que progresan aceleradamente convirtiéndose a su vez, en generadores de beneficios para sus vinculados.

Esta cadena degenera el concepto democrático de la ciudadanía y disminuye el sistema de derechos como medio de gobierno, porque las personas dejamos de ser iguales ante la ley y pasamos a ejercer una ciudadanía que depende de los vínculos con el poder, sea de primera o de última línea.

Pero si hay alguien particularmente abominable en este continuo establecido, es la persona clienta de favores, ya sea por buscar respuestas a sus necesidades básicas o creadas, o por mantener un empleo estatal, o por el simple ejercicio de poder, porque se convierte en el núcleo de la distorsión, ya que no hay quien pague favores, si nadie los cobra.

Las personas clientas de la política se convierten en esperpentos que hacen mucho daño al proceso de crecimiento de la democracia, como nefasto ejemplo de deslealtad con el resto de la ciudadanía y mordiendo además, la mano del “patrón” político, al que traicionan cuando un/a postor/a ofrezca mejores tarifas.

Solo el hecho de ocupar un puesto, del que hubo de sacarse a un/a conciudadano/a que lo ejercía dignamente, sabiendo que no tenemos ni el conocimiento ni la preparación para abordarlo, y con la sola idea de “hacerme de unos cuartos” en el período de mi bienhechor o bienechora, es lastimoso y degradante.

Reaccionemos desde el pueblo y sus organizaciones más sanas. ¡No debemos seguir aguantando los abusos cometidos con un Estado que nos pertenece, pero ha sido secuestrado por prácticas políticas dañinas!

El Nacional

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