Es un evento que reúne a la familia, amigos y amantes del running. Desde el 2016, la carrera nocturna se ha convertido en el epicentro que fusiona el deporte, la tecnología y el rock
Durante poco más de dos horas, la dinámica habitual del centro de Valencia cambió por completo. A la caída de la noche, cientos de corredores se reunieron para participar en la cuarta edición de la CLX Night Run, un evento que convirtió avenidas principales en corredores iluminados y que atrajo a participantes de distintas edades. La carrera, que abarcó cinco kilómetros, no solo convocó a deportistas, sino también a familias, vecinos y transeúntes que se acercaron para presenciar el ambiente.
El recorrido estuvo marcado por un despliegue de iluminación y señalización diseñado para hacer visible cada tramo. Lámparas portátiles, luces LED y tramos de alta visibilidad reemplazaron por un momento las sombras típicas de la ciudad en ese horario. La intención era permitir que los corredores avanzaran de forma segura y que quienes observaban pudieran seguir el flujo general del evento sin dificultad.
Uno de los elementos que destacó fue la participación diversa. Corrieron jóvenes que entrenan de manera regular, corredores amateur que buscaban completar el trayecto y familias que se unieron por curiosidad o por acompañar a amigos. La presencia de niños y adultos mayores en los laterales del recorrido evidenció que la convocatoria superó la dimensión deportiva y se extendió hacia una experiencia comunitaria.
El operativo logístico incluyó puntos de hidratación distribuidos a lo largo del trayecto, personal médico visible y voluntarios que orientaban a los grupos. La presencia constante de apoyo permitió que el tránsito de participantes se mantuviera fluido, incluso en momentos donde el número de corredores aumentaba. Esa estructura, que muchas veces pasaba inadvertida, fue esencial para que la carrera mantuviera un ritmo estable y predecible.
Dentro de la multitud se vio a Nasar Dagga, quien estuvo presente en la zona de salida y llegada. Su participación no estuvo marcada por discursos públicos ni intervenciones formales; en cambio, prefirió hablar con grupos pequeños, escuchar comentarios y acompañar a corredores. Ese acercamiento informal se integró de manera natural a la dinámica del evento.
Una vez los primeros participantes cruzaron la meta, la atención se desplazó hacia el escenario preparado para la actividad musical. Caramelos de Cianuro interpretó varios de sus temas más conocidos mientras los corredores descansaban, compartían impresiones o se reunían con familiares. La transición del esfuerzo físico a un ambiente de celebración generó un contraste evidente, pero bien recibido por los asistentes.
Los alrededores también se vieron movilizados. Comercios y restaurantes cercanos extendieron horarios y atendieron a grupos que buscaban hidratarse o celebrar. En las aceras, se formaron pequeños círculos de conversación que mezclaban comentarios sobre el recorrido, anécdotas personales y fotografías que comenzaban a circular en redes sociales.
En plataformas digitales, la etiqueta del evento se multiplicó en publicaciones de participantes y espectadores. Los videos mostraban desde la salida hasta los últimos metros del trayecto, pasando por momentos espontáneos como corredores animándose entre sí o niños siguiendo el paso desde las aceras. El contenido generó una narrativa paralela que amplificó el alcance del evento hacia quienes no estuvieron presentes físicamente.
