Uno de mis cercanos parientes es un hombre que cree firmemente en aquella frase de una canción española que dice: búsquenme una mujer fea, que por muy fea que sea, ella tiene algo bonito.
Recuerdo que la cantaba con mucha frecuencia en sus programas el genial humorista dominicano Rafael Tavárez Labrador, mas conocido como Paco Escribano.
Consecuente con su creencia mi pariente no deja escapar oportunidad para piropear a cuanta fémina tiene cerca, y hasta a algunas que están relativamente distantes, porque el personaje posee una voz potente.
El galanteador visitaba con frecuencia un establecimiento comercial en calidad de cliente y alimentaba el ego de una empleada, quien quizás por esta razón lo trataba con especial simpatía, pelándole el diente desde que entraba.
Otra asalariada del negocio ponía cara de perro rabioso cada vez que el caballero exaltaba la belleza de su compañera, y en más de una ocasión le aplicó cortadas de ojos de contenido homicida.
Por renuncia o despido la agasajada dejó de laborar en la empresa, ocupando su lugar la despechada y envidiosa compañera.
Esta detuvo cualquier tendencia piropil de mi pariente, porque lo recibía con una cara ante la cual hubiera resultado afable la de un fiscal, segundos antes de emitir dictamen condenatorio.
Como a su condición de diestro proveedor de egocilina el hombre une la de poseedor de un alto coeficiente de inteligencia, le dio uso oportuno en la primera ocasión propicia.
Desde que penetró al establecimiento aquella mañana lluviosa, se dirigió en forma directa a la hosca mujer de apariencia divorciada de atributos estéticos.
-Bendigo este aguacerazo, porque me da la oportunidad de permanecer aquí un rato, disfrutando de su gracia femenil. Pero le diré que aunque es tan hermosa como la que sustituyó, carece de su cordialidad y simpatía.
Por vez primera la dama le sonrió, y desde entonces supera con creces a su antecesora en el trato que le dispensa.
