El Ejército egipcio, que había dado un ultimátum al Gobierno, que se cumplió ayer, demostró que no amenazaba con carabina vacía al destituir al presidente Mohamed Morsi y entregar las riendas del poder político al titular del Tribunal Constitucional Supremo.
Quizás por el significativo respaldo con que contaba en un sector de la población, aunque sus aliados lo habían dejado prácticamente solo, Morsi no tomó en serio la advertencia de los militares de que tenía que introducir cambios en el Gobierno y, en su defecto, se atrincheró en el poder.
Las consecuencias fueron su derrocamiento a través de un golpe funesto patrocinado por unos militares que se erigen en árbitros del proceso político en el convulsionado Egipto.
Los errores del primer gobernante democrático en Egipto no justifican la irrupción de los militares. El número de muertes, que en las últimas horas ascendía a 9 desde que surgieron las manifestaciones contra el régimen de los Hermanos Musulmanes, está llamado a incrementarse a raíz de los enfrentamientos que derivarán de la intervención del Ejército.
A más de dos años de la insurrección popular que destronó la dictadura de Hosni Mubarak, la inestabilidad política en Egipto aumenta la incertidumbre Medio Oriente.
