Representa un mal síntoma que la basílica de Higüey fuera profanada en dos ocasiones en menos de un mes y, como si fuera poco, ahora la iglesia San José de la Mina, de Santiago. Sea obra de perturbados mentales o por cualquier otra razón las profanaciones de los templos no pintan nada bueno. Más aún cuando las acciones no son para robar. En caso de que la profanación de la iglesia de Santiago tenga los mismos motivos que los de la basílica, aunque no parece, extraña que la crisis lleve a la genta a violar recintos sagrados. Los desconocidos que penetraron al templo de Santiago lanzaron el sagrario, con el Santísimo Sacramento dentro, a un inodoro. Al no llevarse ningún objeto se deduce que sabían lo que hacían. Son muchos los templos que en realidad han sido profanados de un tiempo a esta parte. En este caso lo que sorprende es la secuencia. La misma iglesia San José de la Mina, perteneciente a la parroquia San Juan de la Cruz, ha sido violada en diferentes ocasiones. Será mejor esperar que las autoridades hagan las indagaciones de lugar, aunque mientras tanto no deja de llamar la atención la frecuente profanación de templos católicos.
