La indecisión de Estados Unidos y el repudio de la comunidad internacional de un ataque unilateral han dado alas al dictador sirio Bashar al Asad, quien ahora se torna más desafiante. Pero antes que su arrebato de valentía, Asad, acusado de usar gas sarín en la matanza del pasado 21 de agosto en Damasco, debería recordar la suerte de los dictadores Saddan Husein, en Irak, y Moamar Kadafi, en Libia.
Aunque el ataque armado sea el trago más difícil para el presidente Barack Obama, puede darse por descontado que más temprano que tarde Estados Unidos bombardeará objetivos sirios.
Obama, sin importar que se haga indigno del Premio Nobel de la Paz, no dejará su palabra empeñada en el sentido de que el uso de armas químicas por parte del Gobierno de Asad era totalmente inaceptable.
El interregno que ha surgido es para que el gobernante sirio lo utilice para buscar un arreglo diplomático, pero en modo alguno para desafiar a Estados Unidos, quien por demás contaría con el respaldo de una potencia como Francia en su aventura bélica. La afirmación de Asad de que Siria es capaz de enfrentar cualquier agresión extranjera no es más que una bravuconada, como la que en su momento airearon los finados dictadores de Irak y Libia.
