Sombra policial
El asesinato el 30 de octubre en Los Guaricanos de un raso de la Policía que había sido condecorado por su integridad aumentó la perturbación sobre la inseguridad ciudadana. El crimen de Paúl Encarnación Mejía se tornó más conmovedor al ocurrir en el momento en que cargaba en sus brazos a su hijo de dos años Marcos Encarnación Báez, quien resultó herido y luego murió.
Si bien por la tensa atmósfera que se respira en el país nada se podía descartar, no ha dejado de representar un signo de preocupación que entre los acusados figuren dos cabos de la Policía, identificados como Antonio Jhoemi Suárez y Pedro Girón de la Rosa.
Por ahora ambos fueron dados de baja para ser sometidos a la justicia. Las causas del crimen podrían constituir un detonante.
Pero la participación en el asesinato de un compañero constituye un mensaje contundente, sin que nadie se llame a engaño, sobre la necesidad de depurar los miembros del cuerpo.
El director de la Policía, Ney Aldrín Almonte, no debe confundir la lectura de un caso tan espantoso.
Es obvio que el suceso hace más tortuoso el proceso para recuperar la confianza que la Policía necesita de la población.

