Tras anunciar que los precios de los carburantes serán elevados a partir de mañana, el ministro de Industria y Comercio, Manuel García Arévalo, favoreció la modificación de la Ley de Hidrocarburos. Pero eso de que para él sería una misa de salud no es el mejor argumento para sustentar la revisión, así como tampoco el énfasis en el uso de gas natural. Mejor hubiera sido admitir lo traumático que resulta el reajuste semanal de los precios de los derivados, sobre todo en épocas como las actuales. Bien es sabido que la ley no se aplica en los términos en que fue concebida, y la mejor evidencia está en que para evitar perturbaciones o sacrificar capital político el Gobierno en muchas ocasiones ha optado por congelar los precios de los carburantes. García Arévalo sabe que modificar la matriz de consumo para enfatizar el uso de gas natural es una medida inaplicable de la noche a la mañana. El dolor de cabeza se produce cuando hay que reajustar o bajar los precios conforme al comportamiento de la cotización del petróleo o de la prima del dólar. Pero el ministro de Industria y Comercio ha optado por deslizarse por el camino menos escabroso.
