La sedimentación del río Ozama es una de las principales razones por la que los cruceros atracan en La Romana, Samaná u otros destinos del país. Entre anuncios y promesas las autoridades no han podido ni siquiera descorrer la alfombra verde que forman las lilas que contaminan el litoral. Más por falta de voluntad que de recursos. Las consecuencias para el turismo y el comercio de la sedimentación del Ozama son invaluables.
El Ayuntamiento del Distrito Nacional ha tratado de instalar una malla ciclónica de acero para contener las lilas, pero la limpieza del río no es una tarea de una sola entidad ni cuestión de buenas intenciones.
Requiere la intervención del Ministerio de Turismo, la Marina de Guerra, el Ejército, el propio Cabildo y, si fuere necesario, la colaboración del sector privado. La contaminación del Ozama atenta no sólo contra el ornato, sino contra la salud y hasta la buena imagen de la Capital como destino turístico. El caso de los cruceros es un ejemplo. Ahora que se trabaja en el remozamiento de la Zona Colonial las autoridades bien pudieran retomar siquiera la limpieza, que es bastante, de ese foco de pestilencia que es el río Ozama.
