El escándalo de corrupción que sacude al Parlamento británico por dietas indebidas cobradas por legisladores debería constituir un referente para los congresistas dominicanos.
El alboroto que desató la revelación del diario conservador Daily Telegraph marcó un hito histórico con la renuncia, por primera vez en tres siglos, del presidente de la Cámara de los Comunes, Martin Michael.
Los escándalos de corrupción no se evaden, sin importar las consecuencias. Dietas indebidas son por aquí un escarnio de poca monta, sobre todo ante los alarmantes gastos y privilegios que se atribuyen a los congresistas, pero no dejan de constituir un alerta.
El primer ministro Gordon Brown se ha visto compelido a elaborar un nuevo reglamento sobre las dietas parlamentarias. Hasta que surgió el escándalo el Parlamento operaba como un club de caballeros que se basaba en sus propias normas.
Con todo y que, a diferencia de los congresistas dominicanos, debían rendir cuentas de sus actos y de sus gastos.
Como los británicos pueden ser miniaturas frente a los privilegios de los congresistas dominicanos, que además se han autoasignados recursos para fomentar la lacra del clientelismo, el escándalo de las dietas manda un sano mensaje.
La renuncia del presidente de la Cámara de los Comunes refleja la indignación causada por el escándalo de las dietas en una ciudadanía que no comulga con financiar las extravagancias de sus legisladores.
