Ante un nuevo año 2009
No hay años ni buenos ni malos. Los años serán tan buenos o tan malos como sean las actuaciones de quienes los viven y protagonizan. Basta de creer en los cantos de sirena.
El nuevo año es una hoja en blanco. Un camino que se inicia. Una carrera de la cual se lanzará el grito de partida. Depende de cada quien la forma de escribirla, de transitarla o de correrla.
Dentro de un par de días estaremos deseándonos a medianoche el mejor provecho y prosperidad en el 2009.
Es un ritual que se repite año tras año y que nada tiene de malo. Al contrario, es muy bueno que la gente se desee lo mejor para un nuevo período de tiempo.
Lo ideal es que esos deseos sean sinceros, que sean consistentes, como entiendo que son todos y cada uno de ellos.
Pero se impone llegar más lejos.
Se impone transparencia en el deseo.
Se necesita mayor sinceridad en cada uno de esos enunciados.
Suscribo con alegría el texto de felicitación por Año Nuevo que escribe Ángela Hernández:
«Que la vida sea mejor y sus vibraciones en nuestro ser nos rediman de todas las miserias.
Que florezca en cada uno, en cada una, el espíritu de la solidaridad, de la compasión, de la alegría que conocimos antes de «tener razón».
Que nuestra lengua sea ligera para besar, ligera para saborear tanto el rocío como el bocado. que nuestra lengua se cuide del insulto y del falso testimonio y la mentira.
Que nuestra creatividad funde senderos verdosos en los que pongan sus huellas los que están y los que vendrán, animados por participar en esta maravillosa y terrible y desafiante y fabulosa aventura que es el vivir.
Que los años sean convención y medida. que el tiempo nuestro contemple a los años como tales y la sabiduría nos asista para comprender que estamos vivos, que estamos vivas, desde el comienzo hasta el fin. y que nuestra labor esencial es VIVIR. que el tiempo nuestra se componga de las acciones de plenitud en las que nos guía el principal de los mandamientos cristianos: amar a tu prójimo como a ti mismo y a Dios sobre todas las cosas. porque en el amor a Dios amamos y agradecemos la vida, aún en lo incomprensible, y regresamos y estamos en el amor al prójimo y a nosotros mismos. y el amor es el sonido del agua y su viaje de la tierra hacia el cielo y viceversa.
Que en los momentos de rabia destructiva recordemos nuestra brevedad. que en los momentos de desánimo recordemos nuestra eternidad. que en los momentos en que nos abaten las impresiones de que «la gente es mala», en los momentos en los que el otro, la otra, los otros nos producen miedo, recordar cuán pavorosa puede ser la soledad y también cuán sonora. recordar la infinidad de seres que crean belleza. la infinidad de seres que cultivan el arroz, las frutas, las verduras… que nos alimentan cada día. la infinidad de seres que meditan, oran, cantan, poetizan, acarician, exploran, batallan contra las injusticias, crean afectos, acompañan… (mira a tu alrededor, mira en tu vida… tienen nombres, son reales, tienen un peso específico en nuestra propia alma).
Que encontremos el significado que para cada una y cada uno tiene el dicho indú: «cuida tu bien. es pequeño y se confunde con tu alma».

