Estuve hace poco en Ecuador, donde conocí a Soledad Puente, del equipo técnico de la Comisión de Transición hacia el Consejo Nacional de Mujeres e Igualdad de Género, en una ampllia conversación en la cual quedó claro que la sociedad no puede seguir indiferente frente a la violencia machista.
Esa feminista, fervientemente convencida de que la solución es educativa, destacó que existe el peligro del acostumbramiento social al feminicidio.
No bastan declaraciones de prensa.
Ni preocupaciones colectivas.
Ni quejas institucionales.
Ni buenos deseos de paz.
Ni el trabajo de buena voluntad.
Las mujeres siguen siendo asesinadas.
Y siguen siendo asesinadas de forma cada vez más atroz.
La moda mas reciente es matarlas y quemarlas, incluso cuando aun tienen vida.
Los maridos y novios, los amantes y escamantes, los concubinos y ex concubinos, por algún artilugio especial, se siguen pensando como dueños de las vidas de las mujeres.
Nos estamos acostumbrando a la barbarie.
Estamos asimilando el crimen de mujeres como parte del panorama mediático ordinario.
La culpa de los feminicidios no radica en que se publiquen o no las características bárbaras que ha tomado esta corriente criminal.
El problema radica en la base de una sociedad con un discurso dual, que proclama unos principios y en ola práctica se mantiene atada a los principios patriarcales del siglo XIV.
Para la mentalidad de los hombres asesinos, seguimos viviendo la edad media.
Asesinos de toda ralea se siguen manifestando con su marca de sangre.
Con la agravante de que siguen actuando libremente jueces y juezas que entonces no consideran grave los crímenes contra las mujeres y sueltan con garantía económica a los criminales.
No es posible.
No es aceptable asimilar el feminicidio como parte del panorama cotidiano normal.
Hay que hacer algo. Y hay que hacerlo ahora.
Sin dilación.
Sin vacilación.
Sin vacíos ni competencias inoportunas

