Varado en la frontera con Nicaragua, el depuesto presidente de Honduras, Manuel Zelaya, ha reclamado a Estados Unidos definir con mayor claridad su posición ante el gobierno de facto que ya exhibe los colmillos de dictadura.
Impedido por el Ejército de retornar a Tegucigalpa y retomar el poder, Zelaya ha dicho que realmente desea saber cuál es la posición de Washington, cuya posición dubitativa genera sospecha y preocupación en todo el continente.
Tropas militares, que en la víspera asesinaron a un activista del depuesto mandatario, impiden que la esposa e hijos de Zelaya se reunan con él en el campamento que ha levantado en el municipio nicaragüense de Cotal, a donde intentan llegar miles de hondureños.
Ante esa nueva expresión de salvajismo del gobierno de facto de Roberto Micheletti, la Casa Blanca y el Departamento de Estado envían mensajes confusos al calificar como acto de imprudencia el intento de un Presidente legítimo por retornar a su país.
Lo que Estados Unidos debería reclamar con toda firmeza y claridad es que Micheletti y su clan golpista desalojen de inmediato el Palacio presidencial de Honduras para que sean sometidos a la justicia por sus acciones criminales.
Zelaya, su familia y miles de hondureños están hoy en peligro expuestos a morir a manos de facinerosos al servicio del golpismo que impiden el libre tránsito por el paso fronterizo con Nicaragua.
No se culpe al derrocado mandatario por la tropelía que puedan acometer los golpistas para impedir su retorno, pues Zelaya simplemente ejerce su derecho a ser reinstalado como jefe de Estado de Honduras.
El presidente Barack Obama no debería permitir que ante la delicada crisis hondureña, Estados Unidos ejerza un tipo de doble moral que frustre el empeño de la comunidad internacional para que la democracia retorne a esa nación de Centroamérica.
Al presidente Zelaya le asiste derecho de exigir a Washington que enfrente con fuerza a esos golpistas.

