Elvis Valoy
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Todas las mitologías culturales milenarias tuvieron su diosa de la belleza. Empero, fue la griega la que, a la postre, impuso en occidente sus parámetros estéticos.
Parecería como si cada deidad participara en una pasarela, en donde el hechizo del movimiento corpóreo cadencioso fuera recorrido de un extremo a otro por Isis, la diosa de la belleza egipcia; Laksmí, la beldad de la mitología hindú; Afrodita, representando al ethos griego; y Venus, que describe la hermosura romana.
Pero igualmente todas esas fábulas ancestrales han sido parte de la instrumentalización y adocenamiento de las mujeres. De ahí que el viacrucis de las féminas ha sido el más prolongado en la historia de la humanidad.
La particularidad de competir en los llamados concursos de belleza, y dentro de un escenario específico, ha sido parte del calvario femenino. Indiscutiblemente que el siglo XXI es el tiempo de las hembras, y sus impostergables reivindicaciones han comenzado a hacerse realidad.
Muchas instituciones a nivel mundial comienzan a legislar para cambiar ese estado de cosas. Recientemente la Comisión de Igualdad de Género de la Cámara de Diputados de México, emitió su intención de votos que persigue prohibir los concursos de belleza por considerarlos una manera de “violencia simbólica” contra las mujeres. Pero asimismo La Pasarela Real, realizada por un grupo de mujeres en Times Square en contra de Victoria’s Secret señalan ese camino.
La tendencia del mundo va por esa vertiente, por lo que parece que los llamados concursos de belleza irán paulatinamente desapareciendo.

