Las mujeres que, contagiadas por sus maridos -o al revés-, se envuelven en la lucha por el poder, se revelan, a la postre, como un serio escollo en la carrera política de sus consortes, con una inevitable constante de malos presagios. Donde comienza una, termina la otra, que es lo mismo que decir que dos gallos no pueden cantar en el mismo gallinero.
Si la historia no nos convence, pródiga en precedentes ejemplarizadores, la realidad viene con tozudas señales a cumplir los oráculos antes ignorados o despreciados por quienes apuestan a la infalible superioridad del poder.
Marco Antonio es la más patética muestra de los enredos e inestabilidad acarreada por unas relaciones basadas en la sensualidad. Sucumbió aquel valioso general romano, en manos, no de una, sino de dos mujeres tan ambiciosas como porfiadas.
Una realidad dramatizada por Shakespeare en Antonio y Cleopatra. La verdad es que Fulvia hizo aquí [en Roma -nota de EA-] la guerra para arrancarme de Egipto, acontecimiento por el cual yo, que fui pretexto sin quererlo, os pido perdón tanto como conviene a mi honor humillarse en tales circunstancias.
Fulvia, esposa de Marco Antonio, le hizo la guerra a Cesar sólo para que su marido volviera a con ella. Marco Antonio llevaba una vida ociosa y lujuriosa en Egipto, en brazos de Cleopatra, reina egipcia, no menos caprichosa y manipuladora. Fulvia murió y Cleopatra se quedó con el poderoso Marco Antonio, quien también fallece antes que la soberana que lo arrancó de su patria y de su hogar.
A nadie que conozca la naturaleza femenina, le sorprende enterarse de que sus frívolas pasiones lleguen a invadir los serios asuntos de Estado a cargo de su marido. El general Juan Domingo Perón fue el mentor de dos mujeres, Evita e Isabel. Sobrevivió a la primera y sucumbió antes de la segunda.
Fue casi eclipsado por el populismo encarnado por Evita, una mujer de escasa escuela y desconocida formación política, hasta que tomó prestado el nombre de su marido para alzarse con un liderazgo tan mesiánico como insustancial.
Argentina vuelve a ser escenario de un teatro político que envuelve a una pareja presidencial, haciendo uso de las veleidades que suele ofertar el poder. Cristina Fernández fue la impulsora de su marido, el fallecido ex presidente Ernesto Kirchner, pero no pudo resistirse a la tentaciones del poder real, no interpósito, que ostentaba al lado de su esposo.
Ganó la presidencia y, como Marco Antonio y Perón, falleció estando su esposa en el poder. ¿Casualidad o designios históricos? Toda lucha por el poder está condenada a ser titánica. Esta lapidaria sentencia podría explicar el azaroso destino de estos tres grandes líderes.
