El reciente pataleo del Presidente Rafael Correa contra las patentes farmacéuticas en su país, pone sobre el tapete un interesantísimo debate sobre derechos humanos, derecho de propiedad industrial y bien público, del cual ningún país puede escapar, al eliminar por completo las patentes sobre medicamentos válidas en Ecuador.
Esta intelectualmente fascinante decisión del señor Correa ha sido sustentada bajo el argumento de que: el conocimiento es un bien público… que las medicinas son un derecho humano, todas las patentes se derogan y lo que hacemos es establecer licencias obligatorias». La licencia obligatoria es un derecho concedido a los Estados en algunos tratados internacionales, mediante la cual en algunos casos este puede eliminar una patente sobre un medicamento o bien de necesidad pública para su producción y distribución masiva. Claro, el caso de Ecuador es el primero en que se aplica una licencia obligatoria (que es considerado algo excepcional) a una cantidad masiva de patentes.
La meta de Correa es que al otorgar licencias obligatorias, la producción de los medicamentos que tienen esa patente aumente y por consiguiente se reduzca el precio de éstos. El problema de Correa, sin embargo, es que de un plumazo ha retrotraído a Ecuador unos 200 años en su desarrollo.
No es coincidencia que la aceleración en la producción de bienes, servicios y tecnología innovadora se produjera en conjunto con el inicio del apogeo de los derechos de propiedad del conocimiento. De hecho, la misma medicina ha avanzado sólo en estos últimos 150 años notoriamente más de lo que lo hizo durante los miles de años anteriores, y en gran parte se debe a las patentes que hoy desecha Correa con tanta ligereza.
No todo conocimiento es un bien público, tanto como ni su carro ni su casa es un bien público. La posibilidad fortalecida en el Siglo XIX y principios del Siglo XX de que cualquier persona puede proteger como bien propio las ideas e inventos con uso industrial que se le ocurrieran movilizó a millones de personas en el mundo, a tratar de sacar dinero de su creatividad, y de ese esfuerzo nació el mundo que hoy conocemos.
Sin dudas que suena muy lindo eso del conocimiento y medicinas baratas para el pueblo, pero lo primero que va a lograr Correa con esa idea es detener en seco la producción o importación de medicinas nuevas en Ecuador, matar al sector farmacéutico en segunda instancia, luego provocar una escasez enorme de medicinas, y por último causar una crisis de salubridad grave en la región.
Hay ciertas cosas que suenan bellísimas en la cabeza de muchos, pero los líderes deben actuar con sensatez y sabiduría para saber poner el pragmatismo por encima de los complejos de grandeza. Hoy en su mente, Rafael Correa se siente como Julio César. Veremos como le va cuando todo se le explote en la cara.
