Opinión

¿Corrompe el poder?

¿Corrompe el poder?

Suele ser así. Sobre todo cuando no se impone la grandeza de espíritu que resulta, inequívocamente, de una buena formación familiar donde se nos inculcan elevados y puros valores. Los encontramos, asimismo, en la escuela, el trabajo y, más que nada, en la literatura, el teatro, en fin, en las bellas artes.

Adquieren categoría de adorable permanencia cuando sirven a la humanidad como instrumento de alerta mediante la denuncia. Mejor aún si es dramática. Expresión consagrada en la poesía, sino para hacer de los vicios un mal tolerable, sí para ayudarnos a entender y advertir sus catastróficas consecuencias.

Encontramos tales manifestaciones las más acabadas formas, en las que el arte da las más detalladas pinceladas mezcladas, con sus contrastes, entre las cotidianidades del pueblo llano y las suntuosidades del poder, a menudo opresor.

Arrastra vicios, y con ello, la corrupción. Shakespeare lo expresa, con amplitud, a través de Hamlet: «el mérito de nacer mendigo, y la miserable nulidad rebosante de alegría, y la más pura indignamente violada.

Y el dorado honor vergonzosamente mal colocado, y la castidad virginal brutalmente prostituida, y la justicia perfecta en injusta desgracia, y el poder destruido por una fuerza coja, y el arte amordazado por la autoridad, y la tontería, en son doctoral, censurando al talento, y la ingenua lealtad mal llamándose limpieza, y el bien cautivo sirviendo al mal, su señor.»

Hamlet es un hombre sensibilidad más profunda que la de cualquier otro personaje trágico de Shakespeare. Siente que está frente a una omnipresente corrupción: «Economía, Horacio, economía. ¡Los manjares cocidos para el banquete del duelo sirvieron de fiambre en la mesa nupcial!» El asesinato de su padre le ordena la venganza y se ve plantado en medio de una maraña de males; sabe que el momento es de desorden, pero no elige otro rumbo.

Apenas su ingenio comprensivo y su modestia, su rapidez mental y su profundidad de reflexión son la clave del dominio que ejerce sobre nuestras emociones. Hablar de Hamlet es hablar de nosotros mismos: profundamente ultrajado, es arrastrado paso a paso hasta una situación en la que no puede impedir dañar a otros.

El Nacional

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