Sus razones tendrá el presidente Leonel Fernández para afirmar que recientes denuncias de corrupción contra funcionarios de su gobierno tienen matices políticos, pero es preciso advertir que la población recibiría tal justificación como señal desalentadora, a menos que el mandatario refrende en los hechos su promesa de que en lo adelante se instalaran más controles en la administración pública.
Como de todo hay en la viña del Señor, no ha de extrañar que a las denuncias sobre supuestos actos de corrupción se adhieran intereses políticos o corporativos, aunque no debe negarse que mucha gente expresa preocupación por extravíos éticos y jurídicos que se verifican en los sectores públicos y privados.
En declaraciones desde Israel al noticiario CDN, el presidente Fernández afirmo que tales denuncian responden a campanas mediáticas promovidas por intereses políticos que procuran la descalificación del adversario como forma de acceder al poder.
Tan pernicioso sería el montaje de una campana de descrédito con fines políticos, como justificar posibles actos de corrupción en el Gobierno con el argumento expuesto también por el mandatario, de que esas denuncias no se corresponden con un real propósito de erradicar la corrupción.
De lo dicho por el jefe de Estado, mejor sería resaltar su criterio de que la lucha contra la corrupción debe constituir un compromiso por la transparencia, porque tendría ribetes de tragedia que en el Gobierno se interprete como una especie de patente de corso, la afirmación del Presidente de que las recientes denuncias de corrupción tienen matices políticos.
El mensaje del Presidente respecto a la voluntad política de combatir toda forma de corrupción en su gobierno ha de ser suficientemente claro y categórico, que no dé motivo a ninguna mala interpretación o que sea acogido como señal de tolerancia.
Es menester reiterar que la nación requiere de un baño con algún antiséptico moral que la higienice de arriba abajo de todo sucio derivado de la violación a la ley penal y a preceptos éticos en que se incurre desde los ámbitos público y privado, en perversa unión entre corruptos y corruptores
Luto
En un sector del fastuoso edificio Acrópolis hay luto por la muerte de un niño abatido a balazos en el ensanche Capotillo.
El dolor es por la muerte de Miguel Angel Encarnación (Félix Sánchez), el pequeño limpiabotas que cada tarde llegaba al Acrópolis a ganarse parte del sustento suyo y de los suyos.
Y allí hizo amigos que lo aceptaron complacidos sin tener en cuenta eso de categorías sociales. Era un gran chico, y eso significaba suficiente.
Pero lo mataron posiblemente agentes policiales y, aunque tal vez las balas no fueron dirigidas contra él, le desbarataron su tierno cuerpecito.
Entonces, en ese sector de Acrópolis donde iba cada tarde hay luto por Miguel Angel Encarnación. Y todos lloran.
Comprobado: la muerte tiene la virtud de igualarnos a todos.
