Después de más de cuatro décadas bajo la tutela amorosa de mi papá, me encuentro de repente sin él. Emprendió el viaje sin avisarme, aunque sin sufrir, y por eso estaré siempre agradecido de Dios. No solo para doña Ana, Alejandra, Jottincito y yo hubiese sido angustiante verlo postrado en cama, esperando la incierta pero segura hora del crepúsculo, sino también para él, que ni siquiera con el pesado fardo de años que llevaba a cuestas dejó de presumir gallardía.
Al día siguiente de su inesperado deceso, encontré arrodillada en su habitación a mi hija Rebeca, de 5 añitos, orándole al Altísimo por su abuelo. Mis ojos se anegaron en lágrimas, y ella, que fue farol que le alumbró amor, se puso de pie, me abrazó con afligida ternura y me acompañó en llanto. Amanda, la más pequeña, nos miraba ensimismada, sin comprender la causa de nuestra desolación.
A ratos se me cruza la idea complaciente de que la vida no es como el río de Heráclito, pero el tráfago apresurado del tiempo es premonición del epílogo terrenal de todos nosotros, pobres criaturas a merced de los caprichos del destino. Colocado ahora ante el dilema de detenerme o avanzar, mi esposa Laura, que hace 7 años perdió también al suyo, me ha reanimado a levantarme y seguir adelante.
Extraña paradoja que en el segundo nivel de la misma clínica donde nacieran mis dos hijas, perdiera mi papá la vida. Hace muchos años un periodista le inquirió a su parecer sobre la muerte, y él contestó: No pienso en ella, aunque estoy convencido de que es necesario esperarla sin temor y con cristiana resignación. Dios, bondadoso y justo, le dio larga vida, y a pesar de haber puesto todo mi empeño en aceptar conforme Su voluntad divina, confieso que estos han sido los días más difíciles de mi existencia. Pero tan seguro como el sol se pondrá mañana al amanecer, sé que partiré también algún día y me reencontraré con él. Esa es mi esperanza.

