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No fue hasta el siglo XVIII, lejos de esas disputas, cuando los conflictos estallaron abiertamente. Los esfuerzos de los jesuitas en China están seriamente comprometidos con los ataques de que son objeto en Europa, donde su simpatía por los asuntos chinos se hacía ya sospechosa.
De tal manera que el Vaticano decide tomar cartas y enviar en 1705 a China a Monseñor Charles de Tornon con orden de prohibir a los misioneros la menor tolerancia con las costumbres tradicionales de los chinos, a saber, homenajes a Confucio y a los sabios de la Antigüedad, ceremonias a difuntos, en fin.
La cristiana es otra victoria de Beijing
En solo dos años monseñor De Tornon arruinó por completo la obra iniciada por Ricci, que ya había madurado y penetrado en la cultura china durante un siglo.
En un breve Dominus ac Redenptor, la compañía de Jesús fue disuelta en 1773 por el Papa Clemente XIV. La iglesia ha tratado de enmendar esos errores en más de una ocasión. Tzu Hsi, figura genialmente novelada en La Gran Dama, de Pearl Buck, emperatriz manchú que gobernó entre 1875 y 1908, dirigió las acciones más tenaces y despiadadas contra la orden Jesuita, integrada, sobre todo, por sacerdotes franceses que operaban en las provincias de Guandong y Tianjin.
Si bien es cierto que durante el gobierno Cixi se acentuó la crueldad contra los Jesuitas, no es menos cierto que la nobleza manchú, de la cual Cixi formaba parte, fue más receptiva a los postulados del cristianismo, debido a la afinidad de esta doctrina con las tradiciones religiosas de la etapa.
Soportó, a la sazón, la resistencia de los líderes chinos y sus férreas creencias religiosas, en los cuales monseñor Ricci había encontrado elementos compatibles, como los reivindicados por el Papa Juan Pablo II poco antes de morir. Juan Pablo II lanzó un ramo de olivo a la cúpula política y al pueblo chino cuando les pidió perdón en nombre de su iglesia.
Más de 10 millones de chinos confesados y seguidores del cristianismo prefieren mantener su fe al amparo de la bendición de la iglesia católica. Es otra victoria de Beijing por efecto, acaso, de sus grandes aciertos económicos o lograr notables avances en materia de los derechos humanos y relaciones diplomáticas.

