Opinión

CRÓNICA DEL PRESENTE

CRÓNICA DEL PRESENTE

Cuando en junio de 1963 Juan Bosch, presidente constitucional de la República, elegido el 20 de diciembre por abrumadora mayoría de votos ya que su candidatura recibió como apoyo el 60 por ciento de los votos depositados en las urnas, fue convocado por la oficialidad superior de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional a una reunión en San  Isidro, el proyecto del derrocamiento del gobierno legítimo que él encabezaba, estaba prácticamente preparado. Para ese momento Rafael Fernández Domínguez, con la autorización  expresa y personal de Juan Bosch, había iniciado el ordenamiento de los oficiales constitucionalistas de las Fuerzas Armadas. Esa fue una de las razones por las que Juan Bosch al hablar de la reunión de San  Isidro llamó a la juventud dominicana a defender el gobierno que el pueblo se había dado en el torneo electoral.

     El golpe de Estado fue consumado el 25 de septiembre de ese año.  Las circunstancias del momento no permitieron que los militares constitucionalistas, bajo  el liderato de Rafael Fernández Domínguez, impidiera la ejecución de ese atentado criminal contra la voluntad popular de nuestro pueblo. Deportado Juan Bosch y exiliado con un nombramiento en el exterior  Rafael Fernández Domínguez, la viabilidad del Movimiento fundado por él aumentó notablemente y como la historia ha recogido, hizo su presencia,   políticamente legítima, viril y valiente a partir del  24 de abril de 1965. La intervención militar ordenada por el gobierno de Lyndon Johnson impidió el restablecimiento de la vigencia de la Constitución  de 1963, y del gobierno presidido por el profesor Juan Bosch.

     Rafael Fernández Domínguez regresó al país en mayo de 1965, como portador del acuerdo a que habían arribado el profesor Bosch y el presidente  del Consejo de  Seguridad de  Estados Unidos, McGeorge Bundy, que garantizaba la vigencia de la Constitución de  1963 y el establecimiento de un gobierno provisional presidido por Antonio Guzmán. Fernández Domínguez, a quien conocía desde mi adolescencia, hijo de militar igual que el autor de esta columna, nos dijo en el pasillo del segundo  piso del edificio Copello en la noche del 18 de mayo, vestido de verde olivo, pistola al cinto y ametralladora en mano, al escuchar nuestra preocupación por el proyecto de asalto al Palacio Nacional que él encabezaría al día siguiente: “Euclidito, el ministro de Interior eres tú, que eres político profesional: no tengo vergüenza para verle la cara al pueblo, hasta que no combata de su lado frente a  los enemigos de la Patria”.

     Al día siguiente como habíamos señalado, a la caída de la tarde, cayó en combate a la luz del día, aquel ejemplo de patriota, militar y ciudadano  que honra el firmamento eterno de los próceres de la República.       Su entrega y sacrificio recuerda aquella frase inolvidable del Apóstol de la Independencia cubana José Martí que dijo: “No me pongan en lo oscuro como  un traidor, yo soy bueno y como bueno moriré de cara al sol”.

El Nacional

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