(XXVIII)
Hace muchos años, alrededor de treinta, que el autor de esta columna viene hablando en nuestra intensa vida pública, militante y combativa, de la inversión de valores que comenzó a manifestarse en todos los sectores de la vida nacional, desde el ajusticiamiento, en mayo de 1961, de Rafael Trujillo Molina que por espacio de 31 años gobernó y dirigió los destinos del pueblo dominicano, apoyado por la mayoría del pequeño grupo de intelectuales que había podido generar en el orden cultural la República, creada a partir de febrero de 1844, obligada, por las circunstancias históricas, a seguir recorriendo un largo camino de vicisitudes. A Rafael Trujillo Molina sus condiciones políticas le permitieron ejercer el mando, imponiendo un régimen eficiente, viril, constructor, agresivo e intolerante, con imborrables matices asesinos, como expresión de su avasallante personalidad y transformó, radicalmente, la Nación en el orden económico, social y político, incorporándola institucional y definitivamente al siglo XX.
Ese proceso de inversión se profundizó y comenzó a minar las bases culturales y morales de nuestro pueblo a partir del 28 de abril de 1965, cuando el gobierno de los Estados Unidos, encabezado por Lyndon Johnson, ordenó la intervención militar en el territorio de nuestro país, al quinto día de haberse iniciado un levantamiento militar, apoyado por el pueblo, que derrocó, por justificadas razones, un gobierno de facto, entreguista, corrupto, impopular, que había sustituido mediante un golpe de Estado subversivo al gobierno patriótico, democrático y popular, que presidía el profesor Juan Bosch, quien había ganado las elecciones que se habían celebrado el 20 de diciembre de 1962. Ese golpe de Estado, auspiciado, apoyado y financiado, por el gobierno de Estados Unidos, presidido por John F. Kennedy, era la expresión más representativa, negativa y atrasada, en el proceso de nuestra vida democrática.
Fue a partir de entonces que comenzó a modificarse, por una improvisación agresiva y disonante, la base cultural musical de nuestro pueblo. Desde aquel momento, así lo señalamos, no solamente en las columnas que escribíamos originalmente en el matutino El Sol, tituladas Meridiano Nacional, sino también en infinidad de artículos publicados en otros medios de comunicación, y a partir del momento en que comenzamos a publicar en este vespertino, Crónica del Presente. Nunca es tarde para rectificar y no existe nadie con más derecho a hacerlo que los pueblos y por eso iniciamos la publicación de estas columnas con el nombre de Por el camino del naufragio, preocupados, profundamente preocupados, de ser no protagonistas sino testigos del entierro de los perfiles de la personalidad heroica, valiente, militante, paradigmática, del pueblo dominicano, como vamos a explicarlo ahora en las dos próximas columnas que nos faltan para cerrar este capítulo, a nuestro criterio, de importancia histórica y cultural.

