El fundador del proyecto de ciudad que llevaría el nombre de Santo Domingo, según muchos, en 1496, fue Bartolomé Colón, hermano del Almirante de la Mar Océana, Cristóbal Colón, que incorporó lo que hoy se llama América a la Monarquía española, pero ese proyecto de ranchos de yagua poco tiempo después fue devastado por un ciclón aterrador, cuando la nueva colonia se encontraba bajo el mando del Comendador de Lares, Nicolás de Ovando. Con más juicio que los hermanos Colón, Ovando trasladó la ciudad a la margen occidental del Ozama y con criterio político y maestría edificó en admirable diseño arquitectónico la Ciudad Colonial, que quedó enmarcada en su parte Norte hasta lo que es hoy la avenida Mella, al Este el río Ozama, al Sur el Mar Caribe y al Oeste hasta la calle Santomé… Han transcurrido 504 años.
Hasta 1961, año en que Rafael Trujillo Molina fue ajusticiado y, en lento crecimiento, la ciudad de Santo Domingo en su extensión horizontal llegaba hasta la antigua Fabré Geffrard hoy conocida con el nombre de Abraham Lincoln. Desde ese límite hacia el Oeste estaba el paraje de Mata Hambre y mas allá el de Honduras, aunque a orillas del Caribe entre la George Washington y la prolongación de la avenida Independencia se había levantado desde 1954 la Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre, gigantesco escenario que la dictadura de Trujillo convirtió en vitrina internacional para enseñar al mundo el progreso y la modernización de la República Dominicana. Allá en el Norte de la Feria y de Mata Hambre, en las colinas que dominan el escenario se construyó el hotel El Embajador, que continúa siendo, 55 años después, el más hermoso de la ciudad.
Al momento de la desaparición física de Trujillo, el país apenas llegaba a tres millones de habitantes de los cuales cerca de medio millón vivía dentro de los linderos del Distrito Nacional, en un escenario físico organizado, aseado, más que aseado limpio, cuyas calles y avenidas se limpiaban con gigantescas máquinas barredoras que luego eran cuidadosamente aseadas por el cuerpo de bomberos capitaleño con gigantescas mangueras que empujaban los residuos hacia el sistema pluvial y el alcantarillado que lo arrastraban al Mar Caribe, dándole a la dictadura la razón de calificar a la capital como una de las más limpias de América. Esa realidad hermosa, inolvidable, se veía espléndidamente iluminada en la Ciudad Colonial y en las urbanizaciones que comenzaban a extenderse en la parte Noroeste, llamadas las primeras Ensanche Flor de Oro, por Flor de Oro del Castillo viuda Piantini y después de la muerte de Trujillo, Ensanche Piantini, Naco, Evaristo Morales, Paraíso y Urbanización Fernández.
La avenida George Washington que en sus inicios, desde la Arzobispo Meriño hasta la Santomé, se llamaba Paseo Presidente Billini, fue extendida a partir de 1934 hasta lo que es hoy la Máximo Gómez, a la cual se le dio el nombre de uno de los fundadores de los Estados Unidos de América. Popularmente llamado El Malecón, era el verdadero pulmón de la ciudad, permanentemente concurrido a partir de la 5:00 p. m. todos los días.

