Opinión

CRÓNICA DEL PRESENTE

CRÓNICA DEL PRESENTE

En nuestra columna anterior señalábamos los premios que recibieron Juan Bosch y la Mención de Honor, que es un reconocimiento muy importante, que recibió Ramón Emilio Jiménez en un certamen internacional celebrado en España. También, después de ellos dos tenemos el conocimiento de que Virgilio Díaz Ordóñez, conocido con el pseudónimo Ligio Vizardi, recibió una Mención de Honor en Venezuela, en un concurso internacional dedicado a Simón Bolívar; las  dos primeras estrofas del verso de Ligio Vizardi dicen así: “Simón languidecía en un letargo de gloria y pesadumbre. En el camino tedioso de San Pedro Alejandrino ya la muerte avanzaba a paso largo.//Todo anunciaba el fin y, sin embargo, aquel hombre, sonámbulo divino, sonreía en su irónico destino; su gloria triste y su laurel amargo”.

De Virgilio Díaz Ordóñez por ahora no tenemos que hablar, más que en el sentido de que Juan Bosch, Ramón Emilio Jiménez y Díaz Ordóñez, en los inicios de la década de 1940 habían recibido premios y reconocimientos internacionales como intelectuales dominicanos de la más alta categoría; el otro intelectual dominicano que recibió un reconocimiento internacional, en 1948 o 1949, en el concurso Hernández Catá celebrado en Cuba, y el cual había ganado Juan Bosch en 1943, fue Ramón Lacay Polanco, de triste y trágico recuerdo por el fin de su vida, con el cuento titulado “La Bruja”, publicado en la revista “Carteles”, editada en La Habana también, señalando en un recuadro de sus páginas que Ramón Lacay Polanco en su estilo seguía a quien era el gran maestro de la cuentística antillana, dominicano también, Juan Bosch.

En el orden histórico, verdadero, real, incuestionable, porque los datos que hemos aportado se pueden verificar, podríamos escribir tal vez docenas de páginas corrigiendo esta avalancha de inventivas, de errores y disparates que la “caballería de Atila” que hemos denunciado, produce no solamente en lo que escribe en los diferentes medios de comunicación sino también de lo que habla en la radio y la televisión. Hemos leído que el teniente Amado García Guerrero, héroe del ajusticiamiento de Rafael Trujillo Molina en 1961, ejecutó, en la cárcel de La 40, a René Gil, quien era hermano menor de su novia, la licenciada en Farmacia Luisa Gil, prisionero, amarrado, sentado en una silla y encapuchado con un paño negro. René Gil murió frente a la embajada de Nicaragua, en la avenida Independencia esquina Máximo Gómez, cuando intentaba asilarse confundiendo esa embajada, que era la del gobierno de la familia Somoza, con la de Argentina que estaba contigua en la Máximo Gómez. Así hemos leído también en este vespertino que publica esta columna, en ese océano de disparates y de inventivas, que el redactor del Concordato que Trujillo suscribió con el Vaticano en 1954 había sido el sacerdote Zenón Castillo de Haza, cuando el redactor del Concordato en el aspecto dominicano fue Rafael Francisco Bonnelly, incuestionable abogado de gran talento que se opuso a algunos enunciados del mismo, porque lesionaban la soberanía de la Nación dominicana.

El Nacional

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