En nuestra columna anterior recordamos el primer caballo que fue de nuestra propiedad y decíamos que completamente equipado, porque el caballo fue un regalo de Pedro Julio Goico, uno de los más ricos colonos azucareros del Central Romana, padre de Julio Alfredo y Blanquita, que murieron hace años, a quienes tuve mucho cariño y abuelo de Pepe Goico, que es un personaje de la vida política y militar de nuestro país. La silla de montar y el freno del caballo, verdaderas obras artesanales, las hicieron en Higüey, y decía mi padre que habían costado 25 pesos, que en realidad eran 25 dólares. Las botas de bridge, también muy bellas, eran un regalo del coronel Luis Veras Fernández, antiguo jefe de la Policía Nacional, nuestro vecino en la calle Doctor Delgado, como hemos dicho con anterioridad, padre de Horacito, Aura, Roselita y Luis Rafael, y abuelo de Luis Manuel Bonetti Veras.
Las espuelas de plata, de artesanía mexicana, nos las había enviado nuestro padrino Héctor B. Trujillo Molina, alias Negro, que en ese momento era el jefe de Estado Mayor del Ejército Nacional y que luego llegaría a Presidente de la República, impuesto por su hermano Rafael Trujillo Molina. El soldado que llevó el caballo en la mañana del 21 de mayo de 1943 y que luego nos acompañaba en nuestros paseos, del cual hablaremos después, se llamaba Ulises Hinojosa, junto a quien acompañado de Boris y Paris Goico, queridos amigos, le dábamos la vuelta a El Seibo y llegábamos hasta el escenario de la batalla de Palo Hincado. En El Seibo fuimos terminados de alfabetizar por quien sería religioso, conocido con el nombre del padre Antonio, fundador del colegio San Juan Bautista en la ciudad capital.
¡Qué feliz fuimos en El Seibo! Nuestro padre era un militar respetado y querido como pueden atestiguar los que le conocieron y están vivos; y el autor de esta columna por encima de los pleitos propios de los muchachos de esa edad, que tuvieron sus orígenes en las diferencias con Nononcito Díaz, que llegaría después a contralmirante de la Marina de Guerra, los hermanos Pumarol, quienes también se irían por la carrera militar, pero como oficiales del Ejército, a los que se sumaban los hermanos Fatule, Hitler y Mussolini; y otros muchachos de la comunidad, que juntos nos bañábamos en el río Soco, estimulando esas actividades que en esa época se calificaban de tigueraje la formación de un criterio social en un niño de siete años de edad. El Seibo fue una escuela para aprender a relacionarnos con nuestro pueblo con todos los sectores de su integración.
Pero nos sentíamos realmente realizados cuando comenzamos a dar las clases de música, bajo la dirección de Julio Gautreaux, estudiando con el primer método de Miguel Hilarión Eslava, compositor y musicólogo español del siglo XIX.

