Opinión

Cronopiando

Cronopiando

Ya ni siquiera indignan, porque tiempos hubo, después del último y general desencanto, en que verlos, oírlos, encontrarte con ellos en todas las esquinas de los medios, antes y después de las pausas, así fuera un miércoles o un sábado, igual en julio que en diciembre, indignaba.

De alguna manera, todavía éramos parte del juego y a ellos entregábamos nuestra virginidad cada cuatro años, renovando confianzas y adhesiones que, en apenas días, penábamos de nuevo arrepentidos hasta cuatro años después.

Y con la misma constancia que hoy conocemos se asomaban, entonces, a anunciarnos nuevos proyectos, a reiterarnos viejas promesas, a llamarnos imbéciles con tanta sutil elegancia, cada vez que enarbolaban en sus peroratas su debilidad por los hambrientos, su devoción por la equidad, su compromiso con el pueblo que, nosotros, los imbéciles, todavía éramos capaces, incluso, de indignarnos.

Y nos íbamos de boca, y sumábamos sus incoherencias y sus renuncios, y censurábamos sus golpes de timón y el barco a la deriva, registrando cada una de sus poses, de sus cuentos, de sus cuentas, tomando puntual nota de todos sus desbarres, de sus pequeñas y grandes canalladas, hasta recopilar todas las vergüenzas en desuso y volver, otra vez, a censurarlas.

Pero parafraseando a Neruda, «nosotros, los imbéciles, ya no somos los mismos».

Con los años hemos pasado de la indignación al enojo, del enojo al malestar, del malestar a la indiferencia, para acabar, en estos días, simplemente… «jartos».

Hasta para la ira se precisa algún interés de por medio, algún punto común entre tanto común desencuentro, y la verdad es que, en la actualidad, sólo nos aburren.

Y nos aburren hasta el bostezo con sus convenciones y plebiscitos, con sus congresos y sus plenarias y sus comités de distrito y zonales y barriales. Nos aburren con sus operativos y sus marchas, con sus agendas y sus manifiestos, con sus bandereos y sus atronadoras patanas.

Nos aburren con sus declaraciones y sus disputas intestinas por ver quien se sacrifica más que el otro por la patria que aún no terminan de vender.

Nos aburren con su insistencia en la página siete, en el canal 39, en la 97.3, en la playa, en la iglesia, en cualquier parte, para abrumarte con monsergas gastadas, para agotarte hasta al hastío con sus infames sandeces.

Pero ya ni siquiera nos indignan. Simplemente, nos aburren… hasta la náusea.

El Nacional

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