La integridad es un atributo que no debe obsequiarse. Debe merecerse, conquistarse, ganarse con tiempo y coherencia. Con frecuencia, el afán por preservar la forma, el empaque que cubre la realidad, escuda un fondo pernicioso, cubre una perversidad cuya exposición produciría pavor. Es una simulación.
Asistimos a la época de la supremacía del parecer sobre el ser. En tanto y en cuanto se logra parecer serio, se establece esa percepción y al final, se aspira a que eso equivalga a la realidad. Soy lo que se percibe de mí. Falsía.
Tantas cosas subsisten, tantas famas se preservan, porque todo se queda en la superficialidad. Se acepta lo que a simple vista percibimos o lo que queda colectivamente establecido. Si pudiese descubrirse la verdad de todo, los prestigios de hojalata rodarían como naipes impulsados por vientos de un ciclón.
Es posible que respecto a las votaciones en el Congreso hayamos caído en una confusión que nos ha conducido a asignar honorabilidades en casos que han consistido en artimañas que procuran fingir actitudes. En proyectos trascendentes y que involucran elevados beneficios económicos, no siempre el voto negativo garantiza rechazo a la pieza en discusión.
En ocasiones, la transacción pecaminosa entre el legislador y los defensores del proyecto, lo que implica es el compromiso del representante de asistir al hemiciclo, aun pactándose que su voto será negativo. De esa forma, el diputado o senador se cubre frente al exterior y nadie podría atribuirle responsabilidad en la aprobación de ciertos asuntos. Nadó y guardó la ropa.
Lo que se procura al comprar la conciencia de ese legislador es su comparecencia y su voto (no importa que sea por el no), como forma de garantizar el quórum requerido para que la sesión pueda llevarse a cabo, ya que se tienen asegurados los votos afirmativos, pero para que puedan concretizarse, es necesario que la sesión se realice.
Un ejemplo ayuda: Para los diputados sesionar se precisan al menos 90 votos válidos. En ese escenario, para aprobar un proyecto se requieren 46 votos a favor, lo cual, es fácil obtener. Para que esos 46 votos favorables sirvan para que el tema sea aprobado, deben emitirse los 90 votos. Eso significa que los restantes 44 congresistas podrían votar no, estando a favor del proyecto y su voto negativo procura simular una oposición y, al mismo tiempo, propiciar la aprobación del proyecto. Eso, es peor que votar abiertamente sí.

