La semana pasada, en redes sociales, Keanu Reeves estuvo en un colmado. También en una pizzería. Y en un bar de playa. Sonrió, posó, compartió con gente. Una gira bastante activa para alguien que, en realidad, no estaba ahí.
La escena se ha repetido tantas veces que ya parece normal. Imágenes bien logradas, contextos locales reconocibles y una narrativa que encaja perfectamente con la lógica del contenido viral: cercano, curioso y fácil de compartir. El problema es que, en la mayoría de los casos, todo es falso. Generado por inteligencia artificial.
Lo interesante no es que la tecnología lo permita, sino la ligereza con la que se está utilizando.
Hoy cualquiera puede tomar la imagen de una figura pública, insertarla en un entorno creíble y publicarla como si fuera un hecho. No se necesita infraestructura compleja ni conocimientos avanzados.
Basta con acceso a herramientas que, en muchos casos, son gratuitas o están al alcance de un clic. El resultado es una realidad fabricada que circula con la misma velocidad —o más— que la real.
Aquí es donde la conversación deja de ser tecnológica y pasa a ser legal.
Cuando se utiliza la imagen de una persona para simular su presencia en un lugar o asociarla a un negocio, no estamos hablando únicamente de creatividad.
Estamos entrando en terreno de usurpación de identidad, publicidad engañosa y uso indebido de imagen. Conceptos que no son nuevos, pero que ahora enfrentan un contexto completamente distinto.
El problema es que esa dimensión no está en la discusión pública. La mayoría de quienes comparten o incluso generan este tipo de contenido lo hacen sin considerar implicaciones. Se asume que, por tratarse de inteligencia artificial, existe una especie de zona gris donde todo vale. Y no es así.
En otros mercados, este tipo de prácticas ya está generando consecuencias. Cartas de cese y desistimiento, reclamaciones económicas y procesos legales más complejos. No porque la tecnología sea nueva, sino porque los marcos legales siguen aplicando, independientemente de cómo se haya producido la imagen.
En República Dominicana, sin embargo, la percepción es distinta. Se ha convertido en un fenómeno casi anecdótico, un “relajo” colectivo donde ver a Keanu Reeves en cualquier esquina genera más risa que cuestionamiento. Pero esa normalización tiene un costo.
Hoy es un actor reconocido internacionalmente. Mañana puede ser una marca local, un profesional, un político o cualquier ciudadano. La misma lógica que permite generar una imagen inofensiva también puede utilizarse para construir narrativas falsas con impacto reputacional, comercial o incluso personal.
La inteligencia artificial no es, en sí misma, el problema. Es una herramienta.
El punto está en cómo se utiliza y, sobre todo, en la ausencia de criterios para hacerlo. Cuando la capacidad de crear supera la capacidad de cuestionar, el resultado es un ecosistema donde lo falso no solo existe, sino que se valida socialmente.
Por eso, más que desarrollar nuevas habilidades técnicas, lo que empieza a ser urgente es fortalecer el criterio.
Dudar ya no es opcional. Verificar tampoco. En un entorno donde cualquiera puede fabricar una escena convincente, la pregunta no es si algo se ve real, es si realmente ocurrió. Y esa diferencia, aunque parezca sutil, es la que define todo.

