Esta entrega, como todas, debe hacerse de dos a tres días antes. Resulta una dificultad para el columnista tratar la actualidad. Aquí estamos, sin embargo, analizando el traspaso de mando de gobierno mucho antes de que suceda, y para más complicación apareciendo después de este.
Danilo Medina, el compañero activista nacional del Partido de la Liberación Dominicana, que recién había llegado de un campo de San Juan a estudiar a la UASD, con la pobreza a cuestas, pero con la firme intención de salir adelante pronto alcanzaría la subsecretaría general del Partido, la que verdaderamente controlaba la estructura orgánica, pero inteligentemente se cuidó de no verse involucrado en los aprestos grupistas de los Secretarios Generales de entonces: Antonio Abreu y el hoy vicepresidente saliente Cuando la marea arrasó con Alburquerque, él quedó allí orientando al nuevo Secretario General, el exsacerdote Lidio Cadet, y prontamente comprendió que podía construir un liderazgo en base a facilitarles las tareas partidarias y satisfacerles algunas necesidades materiales a muchos compañeros, que desde entonces lo vieron a él como una especie de Padrino.
En 1986 logra ser diputado.
No tenía ni el apellido ni el ángel para ascender, pero conocía al dedillo, los hilos que hacían funcionar la estructura partidaria que avanzaba gracias al enmarañado tinglado de los Estatutos, métodos de trabajo y el peso moral del líder del PLD, pero que soterradamente se combinaba con todos esos vicios pequeño-burgueses, y ahí, nadando en esas aguas, se volvió un mago.
Muy cercano ideológicamente a Norge Botello llegó a ser Presidente de la Cámara de Diputados con la anuencia de Balaguer. Lo demás es historia. Su ascendente carrera, que hoy llega a la cima, sólo tuvo algunos baches al tropezar con el ego y la deslealtad del dirigente a quien hoy releva.
Perseveró y ahí está, presidente de la República Dominicana cuatro años después de cuando debió serlo. Sí habrá un real cambio. Esperemos, lo que sí estoy seguro que lo habrá Cuando sea Presidente.

