Opinión

¡Cuántas verdades perdidas!

¡Cuántas verdades perdidas!

En eso, se nos presentó Ricardo, quien era lo que dice un niño grande. Mingo, un flaco perro realengo color caqui, un palo seco y una bolsa de tela, atada al cuello con un cáñamo curtido del sucio, formaban su inseparable compañía. Conservaba cierta ruralidad de la forma más indefensa y primitiva que puedas imaginar. Viva estampa pretérita, aquél dócil ser humano recorría descalzo todo el pueblo, caminando sin parar. Amable y seguro, como sólo puede serlo una persona auténtica y veraz.

Estrella reluciente, su camino estaba marcado de esa alegría plena, ya extinguida para entonces. Su sola presencia invitaba a reír. Las pocas veces que se sentaba a compartir dedicaba el tiempo a jugar y a contar fábulas e historias cotidianas del momento y de cuando Esperanza era una pequeña aldea. Estas -las viejas historias-, seguramente se las contaron o se las inventaba. Eran cuentos de canino, más bien.

Su ropa ajada y desteñida no dejaba de ser motivo de  burlas nada sutiles, ingenua crueldad infantil que Ricardo nos reprochaba negándose a compartir sus historias o azotando a los más traviesos con su inseparable, descascarado y quebrado palo de guayaba. Jugábamos a adivinar los colores originales de aquellos pantalones extremadamente anchos, arremangados hasta la rodilla y sostenidos en su ancha cintura por una soga deshilachada y gastada. A la camisa de Ricardo le faltaban dos botones, detalle que pasaba desapercibido en aquella figura impresionante, rara combinación de Sancho Panza y Julio César despeinado, y sin juicio, por supuesto. Encontrabas en él lo poco de auténtico que era posible retener entonces, no sin alguna nostalgia.

Ay, cuánta añoranza al recordar esos personajes, momentos y lugares tan auténticos! Las felices charlas con este Ricardo fueron, quién sabe, mis primeros encuentros con las metáforas entre vívidas y elocuentes narraciones, dichas con una fuerza expresiva que superaba incluso las más sorprendentes realidades. Al decir que fulano de tal era “un chivito jarto’e’’jobo” nos imaginábamos a un cabrito apurando una enorme cantidad de jobos maduros, sin prestar atención a la persona aludida. “¡Ay, caramba!, muchachos, se va a morir un burro. Perencejo me dio dos cheles”.

¡Cuántas verdades perdidas!

El Nacional

Es la voz de los que no tienen voz y representa los intereses de aquellos que aportan y trabajan por edificar una gran nación