En eso, se nos presentó Ricardo, quien era lo que dice un niño grande. Mingo, un flaco perro realengo color caqui, un palo seco y una bolsa de tela, atada al cuello con un cáñamo curtido del sucio, formaban su inseparable compañía. Conservaba cierta ruralidad de la forma más indefensa y primitiva que puedas imaginar. Viva estampa pretérita, aquél dócil ser humano recorría descalzo todo el pueblo, caminando sin parar. Amable y seguro, como sólo puede serlo una persona auténtica y veraz.
Estrella reluciente, su camino estaba marcado de esa alegría plena, ya extinguida para entonces. Su sola presencia invitaba a reír. Las pocas veces que se sentaba a compartir dedicaba el tiempo a jugar y a contar fábulas e historias cotidianas del momento y de cuando Esperanza era una pequeña aldea. Estas -las viejas historias-, seguramente se las contaron o se las inventaba. Eran cuentos de canino, más bien.
Su ropa ajada y desteñida no dejaba de ser motivo de burlas nada sutiles, ingenua crueldad infantil que Ricardo nos reprochaba negándose a compartir sus historias o azotando a los más traviesos con su inseparable, descascarado y quebrado palo de guayaba. Jugábamos a adivinar los colores originales de aquellos pantalones extremadamente anchos, arremangados hasta la rodilla y sostenidos en su ancha cintura por una soga deshilachada y gastada. A la camisa de Ricardo le faltaban dos botones, detalle que pasaba desapercibido en aquella figura impresionante, rara combinación de Sancho Panza y Julio César despeinado, y sin juicio, por supuesto. Encontrabas en él lo poco de auténtico que era posible retener entonces, no sin alguna nostalgia.
Ay, cuánta añoranza al recordar esos personajes, momentos y lugares tan auténticos! Las felices charlas con este Ricardo fueron, quién sabe, mis primeros encuentros con las metáforas entre vívidas y elocuentes narraciones, dichas con una fuerza expresiva que superaba incluso las más sorprendentes realidades. Al decir que fulano de tal era un chivito jartoejobo nos imaginábamos a un cabrito apurando una enorme cantidad de jobos maduros, sin prestar atención a la persona aludida. ¡Ay, caramba!, muchachos, se va a morir un burro. Perencejo me dio dos cheles.
¡Cuántas verdades perdidas!

