Como en la absurda novelística de Franz Kafka, el reclamo de aumento salarial para los médicos se ha convertido en una cucaracha grande que ya escapa al control de una anquilosada burocracia estatal que no ha podido, o no ha querido, detener su metamorfosis hacia una crisis hospitalaria de imprevisibles consecuencias.
Ante la imposibilidad de que Gobierno y Colegio Médico lograran algún tipo de avenencia, los titulares del Senado y de la Cámara de Diputados asumieron el compromiso de aprobar una ley de incremento de sueldo, pero después de mucho circo, fue rechazado en la Cámara Alta el proyecto que pretendía ese propósito.
La historia de drama y comedia ha vuelto a su punto de inicio con el anuncio de una huelga por 24 horas en los hospitales de Salud Pública y del malogrado Instituto de Seguros Sociales, con el consiguiente perjuicio para la población pobre que acude a esos centros en busca de cura o prevención para sus enfermedades.
La crisis se torna ahora más difícil y compleja por la advertencia que se le atribuye al secretario de Salud Pública, doctor Bautista Rojas, de que serían cancelados los médicos que se unan al paro convocado por su gremio o de que el Gobierno procedería a recontratar galenos en caso de que se produzca un abandono de los hospitales.
Hace tiempo que gremio profesional y Salud Pública han debido discutir con responsabilidad y voluntad el pedido de aumento salarial de los médicos y el reclamo de las autoridades para que se ofrezcan garantía de que los galenos cumplirían horarios fijos en los hospitales.
Durante casi dos años, las autoridades se han taponado los oídos y el Colegio Médico ha usado el recurso de la huelga como método principal de lucha sin detenerse a evaluar el daño que causa al segmento más pobre de una población colocada en medio del fuego cruzado.
Esta vez, Gobierno y Congreso cargan con el mayor fardo de culpabilidad por la metamorfosis que ha sufrido un problema que debió abordarse con debida sensatez y voluntad de solución, y no con el levantamiento de una carpa circense en pleno escenario legislativo.
El conflicto médico, como en la novela de Kafka, se ha convertido en una cucaracha grande, que Colegio Médico, Gobierno ni Congreso encuentran ahora forma alguna de poderla retornar a su anatomía original.

