Las llamadas Cumbres están de moda. Consisten en una reunión de grandes personalidades, generalmente Jefes de Estado y de Gobierno, para analizar situaciones políticas y económicas sumamente difíciles, a fin de buscar soluciones.
Como es natural, los gastos son sencillamente fabulosos, sin que hasta la fecha dichos encuentros hayan arrojado resultados a favor de los sectores empobrecidos de los países allí representados. Es lo contrario, esos sectores son cada día más pobres, como lo demuestran las estadísticas de organismos internacionales.
En vista de que la República Dominicana tiene tantos problemas acumulados, se nos ocurre que aquí podríamos celebrar una Cumbre con los Pobres, donde se analicen y busquen salidas a nuestras más urgentes necesidades.
No se trata de reunir a los representantes de los pobres para decirles lo que tienen que hacer. Se trata es de convocar a todos los representantes políticos, agentes económicos y de la sociedad civil, para que ratifiquen sus ideas acerca de qué debemos hacer si es que queremos una República Dominicana más justa y equitativa, con el fortalecimiento de su democracia incluido.
La Cumbre con los Pobres debe incluir a todas las organizaciones populares, profesionales, políticas y técnicas, además de una representación de las iglesias, especialmente la Católica, que es la que ha mantenido la bandera en defensa de las clases más necesitadas, pero además con advertencias muy serias cuando la paz social es amenazada.
Los planteamientos que salgan de esta Cumbre no deberían ser teóricos ni politizados, sino debidamente razonados y con sugerencias prácticas, que podrían ser incluidas en los programas de gobierno. Sería un verdadero consenso.
En estos momentos tan difíciles, uno se asombra de ver cómo determinadas organizaciones políticas están inmersas en una lucha interna que a nada bueno les conducirá, todo por el deseo de muchos de sus dirigentes de lograr preeminencia en los altos cargos para convertirse luego en aspirantes presidenciales.
Esos esfuerzos deberían encaminarse a algo más útil como sería, por ejemplo, plantear al Gobierno y sus aliados soluciones desprovistas de partidarismo y de intereses particulares.
En una crisis como la que vive el mundo, creemos que debe propugnarse por la unidad entre todos los sectores sociales marginados, en lugar de la confrontación. El éxito de Barack Obama en los Estados Unidos es un buen ejemplo.
La Cumbre con los Pobres que proponemos no debería verse como convocatoria a un sector social específico, ni como una contraposición a las Cumbres internacionales, sino al contrario, como una sincera colaboración para su buen ejercicio.
Es más: es el Gobierno el que debería auspiciar una Cumbre con los Pobres, pero sin exclusiones, puesto que de ser así perdería credibilidad y podría interpretarse como un factor más de distracción para que los problemas sean postergados.
La idea está lanzada..

