Este relajo e irrespeto a la Constitución -que ya debe parar-, tiene un punto de partida. La modificación del 1994 resolvió un conflicto político, pero impuso un mal precedente que encontró en el 2002 una réplica fatal.
Es bueno reseñar la historia a partir de 1996, que es cuando comienza a surtir efecto la no reelección marcada en la Carta Magna de 1994. Electo Leonel Fernández, su pupilo principal Danilo Medina comenzó a pisarle los talones. Arreó incesantemente para que su jefe desoyera a quienes andaban entusiasmados con el continuismo, para que así le diera paso.
No faltaron intentos, pero el entonces bisoño mandatario no había echado garras aún para asumir las martingalas y mañas que el poder enseña, y el ilimitado permite. Además, no contaba con un congreso favorable a tales fines. Ahí entra Danilo en el 2000, a quien Hipólito Mejía avasalla por efecto del dolor y la pena que había unificado a la oposición resultado de la pérdida dos años atrás del líder político más humano, solidario y popular que tuvo en el siglo XX. Peña Gómez llevó al PRD al poder desde la tumba.
Sin embargo, la memoria de este gran hombre fue traicionada en el 2002 al imponerse la reelección, figura electorera odiosa recurrente que le arrebatara tantas oportunidades. Tufo sentido de inmediato, sacando a Hipólito del poder con una culpa imborrable. Trajo de nuevo la fórmula uno más uno y nunca más.
Leonel vuelve en el 2004 por efecto de tal arrebato, e hizo provecho de sus benéficio, quien advierte en el 2010 el final de sus posibilidades electorales. Arma así un complejo tinglado para quitar el impedimento que pesaba sobre él. Consigue así la fórmula de no reelección consecutiva, pero con la vuelta a optar cuatro años después de manera incesante.
Así es como Danilo vuelve a entrar en escena en el 2012, premisa que modifica para seguir en 2016, con el uno más uno y nunca más que Hipólito impuso. Incumplidor, como se muestra Danilo sin el menor rubor, parece dispuesto a aguar otra vez la fiesta al presidente del PLD.

