Lo cierto es que todos los candidatos presidenciales, por respeto a su organización y al electorado, quienes al fin y al cabo serán los responsables de favorecerlos o rechazarlos, deberían de acercarse lo más posible a la verdad.
Digo esto porque lo primero que debería de hacer un candidato es dejar los juegos que conducen a engaños sutiles, y aceptar como un hecho probado que las mentiras siempre terminarán desenmascarando al autor o a los autores de las tretas realizadas con fines de engatusar.
Un candidato puede jugar a confundir por un tiempo corto o mediano a un segmento importante de los votantes, haciéndole creer que en su organización política no existe división alguna; pero no podrá sostener esa confusión durante todo el tiempo que dure un proceso electoral.
Insistir en esa vieja y fea práctica no es más que un síntoma de inseguridad y de reconocimiento a la debilidad de su oferta electoral. Al principio puede hacerle creer al electorado que todo anda bien, que su popularidad está por la cima y que la del contrario muy por debajo.
Que para nada importa que el presidente de su partido se integre o no a las actividades propias de la campaña, que allá él y el grueso de sus seguidores.
Es más, hasta puede hacer que algunas empresas encuestadoras, sin importar los cuestionamientos válidos y serios que se le hagan ante la falta de profesionalidad, realicen muestreos dándole como seguro ganador de la contienda electoral.
En definitiva, un candidato puede ser muy ducho en el arte del engaño; más eso no significa que fácilmente logrará engañar a la mayoría de la población votante; y cuán duro se recibe el golpe al caer.
Pero lo cierto y doloroso es que todos los candidatos presidenciales han de tener en cuenta que la realidad, más temprano que tarde, esa realidad que algunas veces nos golpea con cariño, y en otras ocasiones con mucha furia para que abramos nuestros ojos y oídos, siempre se encarga de colocarnos en el justo lugar que nosotros merecemos.
A ojos de buen dominicano, lo que pretendo dejar establecido es que jamás un candidato presidencial, ya sea por ignorancia o por pretender pasarse de gracioso, puede escoger el camino de la confusión para alcanzar un objetivo. Quizás por eso el morado crece mientras el blanco desciende. Sea usted el jurado.
