La lectura de una novela escrita por un escritor dominicano, en ascenso, a quien conocí por invitación suya a un programa de televisión, que conduce con el encanto de los intelectuales que hacen literatura, me obligó a revisar el tema de la muerte y el morirse. Sentí que iba a retomar el tema, cuando este joven escritor puso en mis manos una novela suya, intitulada.
Los tres entierros de Dino Bidal (2000). Me refiero a Rafael Peralta Romero, del municipio de Miches, de la provincia de El Seibo. Agradezcamos estas reflexiones que nos inspiraron para tratar uno de los fenómenos sociales más antiguos de la humanidad: el entierro.
Cuando leí la obra comprendí que el análisis de la muerte, en la obra de Peralta Romero, nos adentraba además del tema del entierro del personaje, al conocimiento de la forma del cuidado del muerto, es decir, el funeral, que no es precisamente de lo que trata la novela.
No es que pretenda aprovechar la trama de la obra para describir las funciones funerarias, los mitos y las fantasías, los misterios y la muerte, en nues tra sociedad, sino que me complace admitir que el libro comprende situaciones de interés antropológico, sicológico, que acompañan las prácticas de los funerales de hoy.
Pero cuando nos encontramos que el entierro es oculto, clandestino, surgen hechos que buscan explicar la muerte del sujeto, y nos angustia descubrir herramientas, patrón de lesiones, armas, violencia, y cualquier evidencia.
Es casi una declaración de guerra: existe una búsqueda incansable por la persona desaparecida, como si se buscara a una persona armada, llamándola frecuentemente por su nombre. Y luego, que asistimos al funeral, «la más elaborada de las costumbres humanas, con excepción de la guerra».
¿Cuál es la función de un funeral? El enfoque primario del entierro es la «incorporación física» de los muertos, en «otro mundo». En la práctica del funeral el hombre se niega al entierro anónimo.

