La supuesta institucionalidad dominicana es una marioneta de trapo manipulada con descaro por titiriteros a quienes lo menos que les interesa es el desarrollo integral de esta nación ni la consolidación de su democracia y, por eso, se dedican con esmero a asegurar las garantías de su hegemonía indemne por encima de ostensibles tropelías.
Para la consecución de ese propósito, implementan las artimañas necesarias para colocar en funciones determinantes para que las cosas marchen de acuerdo a sus particulares intereses, a soldaditos dóciles incapaces de contradecir sus designios y quienes se sienten extasiados por la mera ostentación de sus cargos y el disfrute pleno de obsequiadas canonjías.
De esa manera, procuran copar las alcaldías incluidas sus respectivas salas capitulares; el congreso con diputados y senadores que no asumen con la responsabilidad debida la tripleta de representar, legislar y supervisar, tan decisiva para el imprescindible equilibrio de poderes consustancial a una auténtica democracia imposible de alcanzar a partir de súcubos que son émulos de la magnífica pantomima creada por la genialidad de Juan Antonio Alix y sus célebres congresistas cuya misión se iniciaba y concluía vociferando “corroboro, corroboro” para darle anuencia súbita a las órdenes que jefes a quienes estaban llamados a contrapesar, les impartían.
Eso en lo que respecta a funcionarios de elección popular, en órganos de supervisión, control, fiscalización de gastos, montaje y dilucidación de asuntos electorales, así como los atinentes al sistema judicial, los acontecimientos se suceden a partir de similares engañifas.
Por eso se dilapida el patrimonio público de forma antojadiza, porque la ausencia absoluta de consecuencias permite el manejo de recursos como si fuera el producto de una heredad; por eso se realizan comicios desprovistos de la más elemental equidad; eso explica que se esquilme la riqueza nacional ante la certeza de que no se producirán sentencias cónsonas con lo que determinan las normativas penales.
En un cuadro tan dantesco como ese, ¿quién puede sorprenderse de que hayamos derivado en la sociedad de mentira que somos? ¿Por qué no se repara en esas nefastas circunstancias como causas esenciales de una descomposición a la que, con tanta e injusta frecuencia, se atribuye de forma exclusiva a la delincuencia sin saco y corbata que, lejos de ser responsable de los hechos descritos, es generada por ellos?
El nuevo episodio implica elegir jueces de la Suprema Corte de Justicia. Vale decir, consolidar espurios intereses de los jefotes de ocasión.

