Opinión

¿De qué murieron?

¿De qué murieron?

A pesar de que las fuerzas represivas  habían asesinado a revolucionarios como Maximiliano Gómez (El Moreno), Henry Segarra y Amín Abel, Joaquín Balaguer negó que en el país hubiera una situación de terror. En septiembre de 1971, dijo: “Los dominicanos que han caído en los últimos cinco años pertenecen en su totalidad a los partidos de extrema izquierda y han sido víctimas de asechanzas personales, unas veces; de exceso de brutalidad de determinados agentes de la Policía, en algunas ocasiones; y, en la mayoría de los casos, de la guerra declarada que se realiza con encarnizamiento entre las distintas facciones en que se ha fragmentado el comunismo dividido”.

Quienes han ocupado la Presidencia después del sangriento período de los doce años, han heredado el cinismo. Niegan que la coerción de clase sea política de Estado.  Antonio Guzmán (1978 – 1982), Salvador Jorge Blanco (1982-1986), Hipólito Mejía (2000-2004) y  Leonel Fernández, han fingido estar desvinculados de las ejecuciones extrajudiciales. Ante hechos escandalosos, han tratado de evadir el costo político pronunciando frases de condena, pero también han validado la represión como recurso.

Fingen no ver la sangre en las calles y tratan de ocultar que la injusticia mata.  ¿Acaso se pronunció Balaguer sobre los males que padecieron las familias que, en 1987, fueron desalojadas del centro de Santo Domingo y los alrededores del Faro a Colón? Irónicamente, gran parte de esos desalojos violentos fueron encargados al ingeniero Ramón Pérez Martínez, Macorís, quien dirigió durante los doce años la Banda Colorá.

Para salvar su imagen, intentan borrar la memoria y disfrazar el presente.

En ese proyecto se inscribe la declaración de Leonel Fernández  a la cadena CNN la semana pasada. Dijo que en este país han muerto de cólera 13 personas, cuando el ministro de Salud Pública, Bautista Rojas Gómez, había informado que son 48 las víctimas fatales. El presidente Fernández debió exigir al ministro decir la verdad, pero, en lugar de cumplir el compromiso con su pueblo, realizó otro ejercicio de manipulación, confiando en que las voces pagadas harían breve el escándalo que sus palabras produjeran aquí.

Siguió la orientación de su fallecido maestro, y desplegó la indolencia que le ha permitido dirigir la coerción de clase. ¡Es fácil fingir no saber de qué mueren los pobres!

El otro “error” también es escandaloso. Dijo que el Estado bajo su dirección destina a la educación el 2.98% del PIB, cuando nunca ha llegado esa proporción al 2%. ¡Mejor educación y menor número de muertos por una enfermedad que se propaga en la insalubridad y en la pobreza!

Como Balaguer, finge no saber… La estafa politiquera y la burda mentira, andan de la mano…

El Nacional

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