No lo contradigan
A mí no me gusta que me lleven la contraria, me apasiona el debate y no soporto que me interrumpan cuando estoy exponiendo mis argumentos, a veces tengo que levantar la voz para que me escuchen y me torno irascible e impaciente
Daisy tiene 35 años, es soltera y tiene un cargo de gerencia en una importante empresa. Su currículo es abundante y ha cambiado tres veces de empleo. En sus evaluaciones y recomendaciones la han tildado de autosuficiente y con poca capacidad de negociación y diálogo persuasivo. Desde pequeña cuando sus padres emigraron quedó solita a la cabeza de la casa y ha sido la líder de toda su familia.
Mucha gente sufre por esa forma de actuar. Sienten que le tiran por el suelo sus argumentos con solo diferir de ellos.
Como el caso que presento, desde niños han jugado un rol de principalía y se les ha criado con la idea de que son infalibles.
Con frecuencia detrás de nuestro personaje se da una mezcla de inseguridad y necesidad de controlar a los demás, haciéndose imprescindibles por la justeza de sus argumentos.
El afectado lleva a lo personal las diferencias y, más aún, en cada confrontación siente que su valía es cuestionada.
Perder una discusión le resulta frustratorio y no son flexibles y humildes para reconocer días después sus fallas diciendo: compañera, yo revisé el texto y admito que tienes la razón. Eso es imposible para nuestro personaje.
En los trabajos o en los círculos de amigo se corre la voz y la gente se pone de acuerdo para no llevarle la contraria, Evitan discusiones, pero también, aíslan a las personas con esas cualidades, otras veces le hacen la vida imposible.
Si conoces a alguien que encaja en estas descripciones aconséjale que el primer paso es reconocer que tiene el problema y tomar la decisión de superarla, pues en su vida de pareja, si es que consigue una, la relación puede ser un infierno.
En manos de un buen psicólogo debe buscar las raíces de esta inadecuada y reactiva personalidad.
Debe reconocer que el humano se equivoca y que admitirlo es de sabios. Entender que el respeto a las opiniones de los demás no solo es un acto de educación formal, sino un eslabón de derechos humanos.
Comprobar que discutir en buen tono, con elegancia, escuchando y respondiendo, es un ejercicio de crecimiento mutuo, de ahí que diferir no es polémica, sino intercambio.
En el mundo de la psicología social ya tenemos master en negociación en la mayoría de los países.
Aprenda a tolerar que le contradigan, y llegará muy lejos; aprenda siempre de una contradicción y aprovéchela para crecer y ganar aliados y amigos

