Sólo para médicos
Actuar frente a la salud y la enfermedad.
Estar ahí ante la alegría y la tristeza.
Vaticinar la muerte y recibir a alguien que nace.
Eso han sido los médicos desde los albores de la humanidad.
Pero como el médico es humano, está siempre bajo el filo de la angustia, la duda y la imprecisión.
Al ser requerido para un servicio, el otro humano quiere:
Que le digan lo que tiene.
Que le curen.
Que le mitiguen su dolor.
Que todo esto sea de buena gana y sin costo alguno.
¿Han pensado en la gran carga de expectativas que la gente tiene de nuestra actuación?
El que salva la vida en manos del mejor profesional, lo percibe como un milagro o como una obra de Dios.
Yo no tengo cómo pagarle a ese médico, exclamaba una humilde paciente de Azua, refiriéndose al doctor Féliz del departamento de pediatría del hospital Francisco Moscoso Puello.
La observación anterior es la que determina que de los profesionales liberales (ingenieros, abogados, economistas, etc.), los que reciben mayor cantidad de regalos son los médicos.
Es muy raro que en nuestra actuación la impericia, la inexperiencia o la falta de calificación o actualización profesional, estén precedidas de mala fe o de deseo de hacer daño.
El médico de vocación se pasa la vida sirviendo, a veces descuidando su propia salud.
El galeno entregado en cuerpo y alma a su sacerdocio se consume por más de veinte años, y los honestos, que son la mayoría, apenas lleva sus hijos a la Universidad y terminan sus días con un carrito y una modesta vivienda.
La sociedad le exige al ofertante de servicios de salud compostura, vestimenta, apariencia y sobriedad.
Ese morenito que está bebiendo en el colmadón de la esquina, dicen que es médico.
Este solo ejemplo nos dice la privación de libertad a la que la sociedad nos somete. Estamos compelidos a una forzada conducta de recogimientos y pantomima que, a veces, solo lo paga nuestra familia.
De todos modos y a pesar de todo, los niños juegan al doctorcito y se ven en medio de fantasías e ilusiones como el doctor Ben Casey o el doctor Kildare de las series televisivas de los años 70.
Ese médico que conocí en los 50 en mi natal San Pedro de Macorís, que se trasladaba en un coche tirado por un caballo, en medio de las madrugadas a atender una emergencia, ha ido, desapareciendo.
Es tiempo de una supertecnología y de demandas judiciales a médicos, mientras la mayoría del pueblo está esperando a ver qué significa atención primaria.
Ponerse en lugar del otro, estudiar a diario, revisar nuestra actualización científica y estar presto a negociar con afecto con pacientes y familiares, en medio de esta compleja lucha por sobrevivir y estar en salud.

