POR RAFAEL P. RODRIGUEZ
El Nacional
SANTIAGO.- De pronto la gente fue perdiendo no sólo la postura sino también la compostura.
El criollismo no es folclor ni chauvinismo..
Es un sentimiento de que lo tuyo es bueno porque, teniendo una identidad y unos nutrientes estupendos, sólo puede ser mejorado desde sí mismo.
Pero ya tú no ves fácilmente un aguacate criollo por ningún lado.
La mismidad, cuando lo que la sustituye deja dudas, es lo único válido para salir del paso y también como identidad necesaria.
Hay productos que resultan incomparables con esa fuerza maciza, sobria, de un gusto inimitable, que tiene lo de la tierra dominicana.
Sus nutrientes fundan -callado, disminuido- un sentido de lo épico.
El vendaval indetenible de lo importado sobre lo que recae el prejuicio positivo de que tiene que ser necesariamente mejor, es materia de un análisis que no se ha ensayado.
Esa joya verde que en el habla azteca debe traducirse por testículo se ha convertido en la ausencia misma de toda mesa pobre.
Ahora sus modelos son gigantescos pero injertos y, por cierto, resultan ligeramente caros y tienen un sabor más ligero.
Difícilmente te vendan en el colmado un huevo criollo, que es pieza de porcelana.
¿Cómo pueden equipararse unos restos fósiles, salados o dulces, que se llevan ahora los niños a la boca, llamados alimentos?
Presuntos alimentos que vienen en fundas preciosas con el color del queso u otras impaciencias, y un mamey encendido y un sabor a lo que salga.
Y hay unos jugos, y otras sustancias líquidas sobre las que es preferible no entrar en detalles perentorios o a largo plazo.
Los huevos gringos se quedaron ¿para siempre? en el gusto de la gente.
Aquellos de yema roja como la arena marina de El Zapato, que ponían las atentas gallinas del patio, sueltas ahí a lo que salga, pero alimentándose del maíz del conuco, casi resultaron extinguidos por una modernidad hasta insolente.
No todos los líderes criollos lo son en esencia.
Quien pueda entender que lo haga o que organice un necesario taller de reparaciones del valor y de los valores netos dominicanos y que pueda incluso encuerar algunas vacas sagradas falseadas.
Los hay que piensan, actúan y se mueven en otros idiomas también.
Con la costumbre tan fugaz que impusieron los tiempos, ya no hay yautía coco, que se consume bien en Puerto Rico.
Se vive el artilugio de lo exótico porque no siendo de aquí, del suelo criollo, por supuesto que el producto tiene que ser bueno.
Esa negación de sí mismo se observa incluso en ciertos animales -vacas y caballos- que estando sobre un pasto abundante sacan la cabeza trabajosamente por entre una alambrada de púas para comer de la hierba que está fuera.
Se cumple ahí la sentencia de que la vaca del vecino da la mejor leche.
El nacionalismo no es la mejor doctrina que se haya diseñado para proteger nada.
Lo que vale como cuestión innegociable es la dignidad intrínseca de un pueblo.
Pueblo envilecido por tener una cultura invadida, un gusto contaminado de un cosmopolitismo falso y unas confusiones sobre su destino inmediato, es pueblo muerto aunque parezca el más vivo de todos.
En los años sesenta y setenta de la era pasada se censuraba el habla boricua, ese spanglish que mezclaba a Cervantes con Shakespeare y a Patín Maceo con los fundadores del Myflower.
Pues ahora, con el lenguaje tecnológico adoptado, con el crecimiento de los medios, con las escuelas de inglés, que en algunos casos son más espaciosas, presenciales y activas que las dominicanas, y con la internacionalización metódica y espontánea de ese idioma, ya no hay razón para esa posición crítica en defensa de la lengua.
Se ha caído como quien cae en un abismo sin saberlo, en aquella aberración del habla de la que la gente se burlaba.

