Para ejercer su dominio, los delincuentes no pueden decirles a las masas populares que el Estado defiende una democracia de minoría; al contrario, les dicen a los trabajadores, a los hombres y mujeres del pueblo, que la democracia funciona plenamente para todos los dominicanos sin distinción.
Pero en la medida que en nuestra sociedad se desarrollan contradicciones entre los politiqueros vagabundos y aquellos que solamente disponen de la venta de su fuerza de trabajo para subsistir; entre los banqueros ladrones y los que no disponen de un pedazo de tierra para trabajar; entre los legisladores corruptos que saquean el erario y el deseo del pueblo a disfrutarlo, en esa misma medida se advierte que la democracia que funciona aquí es una democracia, pero una democracia limitada a los derechos y libertades formales. En nuestro país tenemos una democracia que, como toda democracia, es clasista y es de grupo porque la democracia, como la dictadura en general, no existe al margen de las clases sociales.
En realidad, la dictadura en general, la dictadura como tal, no existe. Los tipos de dictaduras y sus diversidades se distinguen por su contenido de clase, por sus formas, y función sociopolítica e histórica que desempeñan. La democracia que predomina aquí, con base en la libre empresa y la libertad de la propiedad, está diseñada para que el pueblo trabajador la disfrute en la medida que la acepte como es: con los derechos y libertades consagradas en la Constitución política, pero todo vulnerado por los instrumentos de represión que integran el Estado dominicano. Si se movilizan y ponen en entredicho el sistema social dominante, ahí mismo termina la democracia formal.
Una vez las grandes mayorías reclaman sus derechos y dan demostración de defenderlos, la delincuencia política utiliza la estructura estatal para imponer su dominio y mantener su control.
Ahí termina la democracia dominicana, y los derechos y libertades formales son pisoteados, burlados y desconocidos, y lo que hasta ese momento fueron derechos consagrados en la Constitución se convierten en letra muerta para darle paso a los métodos odiosos de crueldad y despóticos, es decir, toma su imperio la represión, que puede ser dirigida contra el movimiento sindical, contra los campesinos, contra los estudiantes si reclaman su derecho a la educación, contra los intelectuales, en fin, puede ser dirigida la represión contra todo el pueblo si éste manifiesta su rechazo militante a la minoría nacional que gobierna aquí con sus mecanismos aparentemente legales.
En un santiamén, la democracia formal se convierte en dictadura; todo porque la democracia representativa, para lo que se llama pueblo, es dictadura disfrazada, simulada, perfumada, es ficción, apariencia, en sí, una estafa política de la cual aquí se aprovechan los que prostituyen con sus actos las instituciones del Estado, los mismos que se venden en los procesos electorales como modelo de decencia y, en la práctica, son la trampa personificada de la democracia representativa.

