La Declaración Universal de los Derechos Humanos consagra que todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona, precepto jurídico cuyo cumplimiento y garantía la Constitución encomienda al Poder Judicial, Ministerio Público y Policía Nacional.
Nótese que ese artículo de tan trascendente encíclica se refiere en iguales términos jerárquicos al derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de los ciudadanos, porque se aborda a un trío de conceptos indisolubles para la convivencia humana.
El texto sustantivo y las leyes adjetivas asimilan cabalmente ese principio, como todos los demás en esa Declaración votada por Naciones Unidas hace 60 años, que consagran la igualdad ante la ley y condenan todo tipo de discriminación.
Constituye un pecado la aplicación o interpretación sesgada de ese texto, o de cualquier ley que refleje su contenido, porque contamina el espíritu de los redactores de esa Carta, que no es otro que de promover un estado de derecho basado en garantía a la vida, a la libertad y la seguridad de los individuos.
A ningún ciudadano le asiste derecho de ejercer la violencia, salvo en los casos señalados expresamente en la ley, como la legítima defensa, porque ese derecho ha sido asignado a la autoridad militar o policial, cuando actúan compelidos a evitar la comisión de un crimen o a defender la seguridad del Estado.
Todo lo que antecede se ha escrito para llamar la atención sobre la pretendida intención de conducir a la Policía Nacional al paredón de la condena pública, sin reparar que ese juicio sumario debilita la vigencia del derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de la ciudadanía toda.
No se niega que agentes policiales incurren en excesos contra presuntos delincuentes o ciudadanos que no han violentado la ley, pero es injusto avasallar o desmoralizar a esa institución, en vez de exigir que la justicia indague denuncias de violación a derechos civiles.
Hasta hace poco, los diversos sectores sociales clamaban para que las autoridades enfrentaran una creciente delincuencia que virtualmente controlaba las calles y disponía a su antojo de vidas y bienes de los ciudadanos.
Sin menoscabo al deber de denunciar violaciones a derechos humanos, se requiere que la sociedad reclame del Gobierno un mayor apoyo logístico y técnico para una Policía a la cual la Constitución y las leyes han encomendado la tarea de defender y preservar el derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de todos los ciudadanos.

