Desde 1950, cada 10 de diciembre, todos los estados que comprenden la Organización Mundial de las Naciones Unidas, ONU, conmemoran el Día Internacional de los DDHH, en recuerdo a la aprobación por la Asamblea General de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en 1948. Y hoy más que nunca, como dice el Secretario General de esa organización, “los derechos humanos están bajo asedio en todo el mundo. Los valores universales se erosionan. El estado de derecho se debilita”.
Y hoy, también, finalizan los 16 Días de activismo contra la violencia de género, una campaña mundial que, desde 1991, a partir del 25 de noviembre y hasta el 10 de diciembre, nos recuerda que los derechos de las mujeres son derechos humanos y que la violencia contra las mujeres es una violación de los derechos humanos. Porque, aunque parece superfluo tener que recordarlo, el imaginario patriarcal establecido, se niega a aceptarlo.
En el marco internacional, el proceso del reconocimiento de los derechos de todas las personas, independientemente de raza y etnia, creencias, sexo y orientaciones sexuales, o cualquier otra distinción, no ha sido fácil y llegar a escribirlos, al menos, fue una tarea titánica en esta cultura del patriarcado, establecida como exclusiva y androcéntrica.
Solo tomemos la situación de nuestro país, donde hoy, más que nunca, hay instrumentos escritos suficientes que mandan vivir una realidad de respeto e inclusión y, sin embargo, estamos en la pesadilla de la corrupción a todo nivel como base del desorden, la desidia ética y la discriminación.
Y las dominicanas mueren por ser mujeres, violentamente, en dolorosos ciclos de violencia que terminan en feminicidios cada vez más frecuentes, ante el estupor de la sociedad que se mantiene en el letargo de la indefensión aprendida, con honrosas excepciones, claro. Estamos mal en muchas cosas que tienen que ver con los derechos humanos de las personas en las diferentes etapas de su vida.
No hay respeto por la ciudadanía toda y se violentan los derechos civiles, políticos, sociales y culturales cada día en dosis variables, a pesar de que, en tiempos de campaña, nos saturan con discursos que prometen democracia, olvidándose que, sin respeto a los derechos humanos, no existe.
La educación como sistema, ha fracasado en nombre de las infraestructuras y el reparto de los recursos asignados. No promueve el respeto a los derechos y libertades de cada persona ni el cumplimiento con nuestras obligaciones.
Las medidas progresivas de reconocimiento y aplicación de los derechos humanos, está en regresión hace tiempo. ¡Hay que tener cuidado!

