Diciembre ha vuelto puntual, acompañado de sus cielos diáfanos y brisas frescas. Estos que corren están supuestos a ser días de celebraciones y de fiestas, de tráfico demente en las calles, de brindis y regalos en nombre del niño que hace más de dos milenios nació en un pesebre de Belén. Pero la gente no está expresando la acostumbrada alegría de esta temporada, y tan descorazonada está que apenas se ven adornos alegóricos y arbolitos de luces.
Tal vez sea el solito lamento de los años idos que me obligue a mirar atrás y comparar estos días de diciembre con los de antes. ¿Nostalgia acaso? No hace falta que me siente frente al espejo para darme cuenta que me han caído encima algunos años de más. Ahora bien, no se trata de eso, pues me consuelo diciéndome a mí mismo que la edad no es la que tengo, sino la que siento, y no obstante el tiempo que se ha desprendido del calendario desde que era niño y de las muchas vicisitudes sufridas en mi tránsito por esta vida tan competida, estoy bien.
Descartada la nostalgia, concluyo que es la propia vida la que misteriosamente se opone a que todos seamos iguales. Esté o no equivocado, es indudable que el contraste social que se observa entre nosotros, sensiblemente agravado en los días que discurren por las estrecheces económicas, acentúa el desánimo navideño. Y es precisamente por eso que en estas Pascuas que reiteran sus escenas de ricos que lo tienen todo y de pobres que no tienen nada, estos últimos se apresten a recibir sin entusiasmo el advenimiento del Jesús, nacido para predicar amor en un mundo egoísta en el que muchos se resisten a querer al prójimo como a sí mismos

