Se supone que la inmensa mayoría de la población juvenil de hoy día terminará convertida, en el mañana, en lo constructores y desarrolladores de nuestro país en términos político, social y económico.
Por tal razón el futuro los necesita. Lo cual significa que todos nosotros, alejados de la irritable contaminación de la pura politiquería, tenemos la obligación de preocuparnos y el deber de ayudarlos a tomar los caminos correctos que han de conducirlos directamente hacia la consolidación de los valores morales y cristianos para cuando, llegado el momento, puedan asumir con toda responsabilidad su rol como servidores públicos o privados y, además, como cabeza pensante de su núcleo familiar.
Desafortunadamente nuestra sociedad está observando, con profunda conturbación, la auténtica y repudiable falta de valores que está en continuo crecimiento entre algunos segmentos de la población estudiantil.
Estamos asombrados y aturdidos ante los últimos espectáculos desagradables y aborrecibles que algunos estudiantes han llevado a cabo como si estuviesen viviendo en medio de la barbarie y que han sido visto a través de medios televisivos y digitales.
Antes existía mucho respeto por el himno nacional y por nuestra hermosa bandera. Ningún estudiante se atrevía a enfrentar a su profesor y llegar al extremo de agredirlo. Se respetaban unos a otros. La disciplina escolar era estricta pero formadora.

